Diario de Ginebra

Un salto de agua, una silla rota, las Naciones Unidas, la Cruz Roja, la tumba de Borges. Entre los 444,444 habitantes de la ciudad más internacional, limpia y puntual del mundo, habita un recién llegado, hambriento y presuroso de alcanzar el tranvía para tropezarse en plena rue de Laussane, cargado de esperanzas, impermeables y una hosca laptop. Este es un testimonio periódico de su estancia a orillas del lago Leman mientras delira entre quesos, relojes, chocolates, restaurantes kebab y pickpockets de la gare de Cornavin. La cotidianeidad de Ginebra, sus lerdos y felices lugareños, el déficit de alojamiento y la ausencia del pan francés: el autor les regala con desinterés la llave del diario.

Magdalena Agosto 5, 2008

gallardocarlos @ 2:19 pm

Mírenla: es aquella.

Se llamaba Magdalena, sin apellido. Según la documentación más fiable, apareció de repente en la puerta del Orfanato General. No recordaba su nombre ni quiénes serían sus padres: cuando le preguntaron de dónde venía, señaló en dirección al poniente sin chistar ni intimidarse, aunque nada notable pueda proceder de aquellos devastados malecones y caletas de pescadores hambrientos amontonadas en desorden bordeando el litoral. Estamos convencidos de esa certidumbre geográfica. Magdalena hablaba un español irreprochable, aunque pastoso: ninguna muchacha de quince años superaba su belleza en 300 kilómetros a la redonda desde la Costa Velada hasta los edificios de Villa Marquesa. Era virgen y casi transparente. Paraba bostezando y estirándose, desabrigada, descalza, rascándose las ojeras de los lunes, la sequedad sobre los labios.

La derivaron al Instituto Femenino porque las entidades del ministerio carecían de medios para atenderla. Este país tan pequeño, de siete millones de habitantes, apenas destina una milésima del presupuesto para alimentar a doscientas huérfanas. El parte médico mencionaba una especie endémica de parásitos intestinales (flora común) y una sospechosa conjuntivitis aliviada con mezcalocaína de 700 miligramos. Para cualquier organismo sano, la dosis hubiera provocado veintidós horas de sueño continuo. En caballos y úrsidos, habría producido contracciones urétricas conducentes a muerte cerebral.

La doctora Jolena Malénko se encargó del caso, pero Magdalena se rehusaba a cooperar. No conversaba con nadie excepto la lavandera, se desvelaba con regularidad, robaba la canela del especiero para mascarla a escondidas, malgastaba sus tardes hostigándose las espinillas y comiéndose las uñas. De acuerdo al informe oficial, la doctora Malénko habría suscrito lo siguiente: “La paciente no manifiesta indicios de curiosidad, ansias, temor o vocación alguna, salvo durante breves instantes de desborde somático-emocional.”

¿Pueden verla?, es aquella, mírenla.

Magdalena no resistía al asedio de 200 compañeras sin rostro acusándola de niña mimada. Corina la torturaba hasta hacerla tonarse pálida, contraerse, tiritar. Su cuerpo no contestaba, cayó de rodillas al primer jalón de pelos, dejando desprenderse la orina caliente sobre su pierna derecha hasta formar un charco. Extravió su mirada hacia ninguna parte, lejos del patio donde jugaban a sietepecados, absorta pero deshabitada. Cuando terminó de desaguarse se derrumbó como un costal. Carola Brezhnev y la chica de la cicatriz corrieron a socorrerla, la cargaron jalándole los brazos, desparramaron su cuerpo laxo sobre la mesa del refectorio, llamaron al intendente y cerraron las ventanas para preservar la calma de los dormitorios infantiles.

Magdalena se palpaba la parte inferior del calzón pensando cuánto tiempo soportaría estas bragas mojadas. Casi sin explicación, se sentía sucia y repugnante, jamás tomaría la iniciativa de sentarse al inodoro, una bulla de sonajas le palpitaba el tímpano. La doctora Malénko le inyectó mezcalocaína de 900 sin acatar la recomendación del ayuno. Carola Brezhnev acarreaba al lavatorio una batea de ropa endilgándole muecas de compartida desconfianza. Magdalena adormecía.

-Son ataques esporádicos. Necesitas reposar para despejarte la mente. Échate a dormir. No salgas de cama por ningún motivo.

-¿Aunque venga un temblor?

-Aunque venga un terremoto, un huayco, un huracán.

Esa noche, debió suministrarle una anfetamina para regular su ritmo cardíaco. Los enfermeros vigilaron a Magdalena mientras su jefa salía al jardín para fumar en solitario dando vueltas al claustro. ¿Qué desbalance químico, qué alteración neurológica podía generar semejantes convulsiones? Los promotores del Instituto culpaban a Magdalena por fomentar el desorden: estaban hartos de escandaletes y meaderas: firmarían cualquier certificado, esquela, constancia, acta de expulsión. ¿Cómo podrían librarse de ejercer sus obligaciones? En Estados de bienestar social como el nuestro, Magdalena representaba una prioridad para la sociedad civil. Debemos suponerla beneficiaria directa de nuestros impuestos al valor agregado. Discurrieron hasta 3:30 a.m. sesionando de emergencia. Entonces delegaron a Malénko comunicarle las buenas noticias apenas la muchacha despertara del trance narcótico. “No puedo perder mi trabajo”, pensaba. “Todavía no completo las cuotas del refrigerador”. La mañana siguiente, volvió arrastrando una maleta con rueditas y varios pomos de valproato semisódico. Magdalena aguardaba sentada al borde de su litera mirando el fondo del bacín.

-Empaca y despídete, pero rápido.

-¿Por qué?

-Te adoptaron, ¿satisfecha? Desde ahora tienes apellido. Te llamas Magdalena Vëënänen.

¿No pudieron verla? Qué lástima: era aquella.

 

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