Diario de Ginebra

Un salto de agua, una silla rota, las Naciones Unidas, la Cruz Roja, la tumba de Borges. Entre los 444,444 habitantes de la ciudad más internacional, limpia y puntual del mundo, habita un recién llegado, hambriento y presuroso de alcanzar el tranvía para tropezarse en plena rue de Laussane, cargado de esperanzas, impermeables y una hosca laptop. Este es un testimonio periódico de su estancia a orillas del lago Leman mientras delira entre quesos, relojes, chocolates, restaurantes kebab y pickpockets de la gare de Cornavin. La cotidianeidad de Ginebra, sus lerdos y felices lugareños, el déficit de alojamiento y la ausencia del pan francés: el autor les regala con desinterés la llave del diario.

Los Vëënänen Agosto 30, 2008

gallardocarlos @ 4:34 pm

Porque, sin duda, todos tenemos un precio.

¿Cuánto invirtieron los Vëënänen en recuperar esa fertilidad negada por capricho natural? Millones, miles de millones: dinero que pudieron gastar en yates, joyería, turismo caribeño… Pareja de presuntuosos enriquecidos por la explotación del vanadio de Paccaicasa, el segundo evento mundial más importante desde la caída del muro de Berlín, merecían una descendencia digna de tanto patrimonio bien habido con ahorro y reinversión: un arquitecto, quizás un escultor, un adicto que despilfarrara su fortuna en mujerzuelas.

Recurrieron a métodos variopintos, laberínticas posturas. Estaban obsesionados cuando adentraron al corazón del Agustino, al despacho del Chiwaku, curandero huaracino que invocaba al wamani casamentero ejecutando la danza del servinacuy. Gallup Vëënänen, hombre de 45 años, joven y aventajado, no toleraría más emplastos sobre la verga ni condimentos polinesios: ¿no podían fabricarse un hijo?, ¿alguna ley peregrina les impedía manufacturarlo?, sobornarían a cuantos burócratas se interpusieran para conseguirlo, lo adoptarían aunque se corrompieran en el intento zurrándose en estatutos y formularios.

Los Vëënänen se encapricharon con Magdalena mientras revisaban su profile en los archivos del Instituto. Parecía un catálogo de ofertas veraniegas donde se especificaban las características físicas, mentales y emotivas de cada menor interna: su peso y altura, sus afecciones, el costo de manutención (las asmáticas estaban menos cotizadas incluso calculando los gastos en inhaladores). Gallup señaló su fotografía en un irreflexivo arranque de pragmatismo. Llevémosla, Marcela, ¡de inmediato!, es proporcionada y tiene un encanto desidioso. Pero ¿ELLA?, ¿podría preguntarle por qué, señor? Porque 1). consideraba este trámite una inversión; 2). porque le daba la renegada gana; y 3). porque le importaban un bledo su conducta y antecedentes. Los funcionarios de Inabif podrían ofrecerle mejores prospectos. ¿Superarían a este diamante en bruto con ojos caramelo?, ¡ni haciendo milagros!, les apostaba su salario anual de mediocres empleados públicos.

Gallup se negaba, inflexible, a criar bebes quejumbrosos, darles a chupar el biberón durante la madrugada y limpiarles las heces cada tres horas (los pañales absorbentes eran un fiasco desfachatado). Los adolescentes, en cambio, se satisfacían con propinas duraderas y actitudes permisivas sin contrariarte hasta la próxima quincena. Marcela tampoco aguantaría berreos y mamaderas. Donaron dieciocho meses de raciones escolares y reconstruyeron los pabellones devastados por el terremoto de setiembre. Como obsequio de despedida, edificaron salones para secundaria y dormitorios para neonatas y primariosas. La venta de Magdalena benefició a 150 huérfanas, mejoró sus condiciones educativas y alimentarias, modernizó sus servicios de salud (antes catastróficos), rescató a 300 muchachas de vicios como la heroína, la grifa, el terokal, encauzándolas hacia diversos oficios. Ahora los Vëënänen tenían al frente a Magdalena, su flamante hija, más pálida, menos indiferente, menos desabrida.

-Discúlpeme, señora, apenas tuve tiempo para ducharme.

Marcela no pudo contenerse, la colmó de besos asfixiantes. Magdalena no intentaría zafarse, los halagos la habían paralizado.

-Olvídate de decirme “señora”… Soy tu mamá.

 

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