Diversos sucesos condicionaron la escritura del primer boceto de Parábola del Orfanato. En primer lugar, la aparición de una profecía urbano-marginal en la periferia limeña. Un iluminado concitó la atención del periodismo amarillo cuando pronosticó un terremoto que devastaría la capital, provocando una asombrosa adherencia entre la población más miserable, crédula y desesperanzada de la ciudad. A despecho del aserto científico que descarta la posibilidad de predecir la aparición de un evento sísmico, millares de personas estuvieron dispuestas a creer, a enceguecerse con un relato simple que comprendían mejor que los enrevesados argumentos de la geología moderna. No debería siquiera recordar que aquel pronóstico nunca se cumplió.
En segundo lugar, los eventos políticos, también cataclísmicos, a mediados del gobierno, siempre tambaleante, de Alejandro Toledo, en especial, el nefasto Arequipazo y el Paro Nacional de julio de 2004, convocado por la vetusta izquierda radical, aquella que solo tiene valor de poner en jaque a gobiernos legítimamente electos. Apoyados por el principal partido de oposición, los gremios de trabajadores y educadores, entre otras agrupaciones de pasado y presente extremista, se manifestaron contra la política económica que estabilizaría el erario público y propiciaría el actual crecimiento económico. A despecho del aserto histórico que descarta por completo la viabilidad del comunismo y demás formas de colectivismo (aun maquilladas bajo el rótulo de comunitarismo), millares, sino millones de personas estuvieron dispuestas a creer, a enceguecerse con un relato por demás simple que comprendían mejor que los esotéricos argumentos de la economía liberal.
El fenómeno me incomodaba, como suele molestarme con frecuencia cuanto produce y prodiga el Perú. Porque quienes suspendieron su racionalidad para entregarse a ficciones amargas como estas, tanto la pseudoreligiosa como la política, fueron quienes luego ofrecieron sus votos a quien podía materializarlas en el gobierno. Porque pese a la suspensión de la razón en quienes creen, prevalece el ejercicio de la razón desbocada, animalizada, fronteriza con el instinto, en quienes elaboraron esos discursos. Y, finalmente, porque esta adherencia siempre asume la forma de la afiliación, la búsqueda de una paternidad simbólica truncada desde nuestros inicios como república, sea escogiendo al padre equivocado, sea careciendo de padres a la altura de su responsabilidad.
Parábola del Orfanato narra la historia de esta nación sin padres, no para añorar su retorno, sino para constatar la inutilidad de su presencia como garantes de la ficción mayor, la identidad colectiva, y su traslación hacia el universo del individuo, su nuevo espacio de influencia, donde nuevos padres simbólicos suplantarán a aquellos padres colectivos, perdedores de batallas.


Hola, ¿cuál sale primero, Espuma o esta que auncias ahora? Saludos.