
El sábado pasado, por la tarde, decidí variar la rutina y visitar algún museo de Ginebra. Entre las diversas exposiciones de la Vielle Ville, la Maison Tavel, una célebre residencia del centro histórico cuya primera reconstrucción data de 1344, resulta curiosa y esclarecedora para comprender la evolución del cantón, la ciudad, sus habitantes y sus costumbres. La primera estancia es medieval, la segunda renacentista. Al subir al premier étage, accedemos a la Ginebra republicana y decimonónica. En la cava, se exhiben pesos, medidas, barricas y monedas de distintas épocas, pero lo interesante es enterarse de las sucesivas transformaciones del sótano desde el siglo XIII o mucho antes. Me acompañaba en esta travesía temporal una simpática amiga polaca a quien acabo de enseñarle a utilizar la palabra “pucha” como muletilla (quienes me conozcan, deben recordar mis hábitos lingüísticos). Dominika es bachiller en Historia del Arte y cursa también la maestría de Español. Sería poco caballeroso negar que admiro y envidio su destreza para los idiomas y la salsa, su desenvoltura y amabilidad para relacionarse y –desde luego, algo que siempre he demandado entre las mujeres-, su desenfado para sonreír con sinceridad. Siendo un recién llegado, Dominika fue la primera compañera de clases en el campus de Philosophes en acercarse a conversar conmigo cuando apenas daba vueltas en torno al pasillo para matar el aburrimiento y desde entonces, congeniamos por divina providencia (debería resaltarlo, porque como buena varsoviana es católica practicante, aunque en escasas ocasiones tratáramos asuntos religiosos). Sin embargo, nuestro vínculo se mantiene en estrictos términos amicales. Llámenlo actitud derrotista, pero intuyo que nuestra relación es demasiado hierática para suscitar pasión, la condensada dosis de estima y respeto frustrarían todo afán trangresivo, cualquier deseo o mera atracción. En síntesis, terreno fértil para una amistad duradera. Hago la aclaración porque en sucesivas ocasiones amigos y familiares han redundado en preguntas y comentarios, plagados de prejuicios y fantasías comunes al imaginario latinoamericano, acerca de las mujeres europeas. Aunque recibo con humor aquellas interrogantes, debo confesar que me incomodan sobremanera. Primero, porque detesto los cacareos machistas (y feministas) incluso cuando pretenden ser amigables y picarescos. Segundo, porque detrás de semejantes ilusiones pervive un sustrato de pensamiento tercermundista que siempre anhelé desterrar de mi entorno. A continuación, me dispongo a desbaratar sus falacias, supercherías y monomanías, y responder, por primera y única vez, esas estúpidas preguntas. (más…)