Diario de Ginebra

Un salto de agua, una silla rota, las Naciones Unidas, la Cruz Roja, la tumba de Borges. Entre los 444,444 habitantes de la ciudad más internacional, limpia y puntual del mundo, habita un recién llegado, hambriento y presuroso de alcanzar el tranvía para tropezarse en plena rue de Laussane, cargado de esperanzas, impermeables y una hosca laptop. Este es un testimonio periódico de su estancia a orillas del lago Leman mientras delira entre quesos, relojes, chocolates, restaurantes kebab y pickpockets de la gare de Cornavin. La cotidianeidad de Ginebra, sus lerdos y felices lugareños, el déficit de alojamiento y la ausencia del pan francés: el autor les regala con desinterés la llave del diario.

Pobreza espiritual Agosto 29, 2008

Archivado en: Comentarios — gallardocarlos @ 2:19 pm
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Debo confesarles que en numerosas ocasiones he deseado abortar de manera abrupta mi estancia en Suiza y regresar al Perú a disfrutar de la dulce mediocritas que ameritaría mi carencia de ambición. Sin embargo, siempre he aprendido a sobrellevar esas tentaciones, a remar contra esos súbitos accesos depresivos, a recomponerme desde mi orgullo y neutralizar la nostalgia. Las últimas semanas, frente a la desesperada búsqueda de trabajo, volvió a asomarse el aletargante fantasma del fracaso, como siempre, instigándome a refugiarme en la apacible resignación, tomar el primer vuelo disponible a Jorge Chávez y presentar mis disculpas a familiares y amigos por haberlos defraudado. Ahora, solo ruego me perdonen por haberles ocultado tanto tiempo esta oscura debilidad. Adoro Ginebra, con dificultad encontraría una ciudad tan apacible y segura donde realizar mis sueños. Esta certidumbre no evitó que cediera incontables veces a la vacilación, a someterme a torturantes interrogatorios, dudando de mi capacidad para afianzarme y concretar mis aspiraciones. Habiendo transcurrido un año, mis inseguridades debieron esfumarse, no obstante, aunque nunca me consideré un extraño, los temores persistían, escondiéndose bajo la superficie para reaparecer en los peores momentos. He aprendido a combatir la tentación del retroceso y estos últimos días, coincidiendo con el aniversario de mi viaje, diversas circunstancias me obligaron a enfrentarla y derrotarla.

Mi exagerado sentido de la dignidad me impide celebrar las medias victorias, las “victorias morales”, los prolegómenos o las intentonas fallidas. Muchos lo confunden con modestia, cuando implica lo contrario: la verdadera ambición te impide festejar lo incompleto, lo larval, los primeros pasos. Me asquean los halagos por temor a sentirme confortado y adormecerme a mitad del camino sin haber conseguido nada. En consecuencia, mi primera preocupación era confrontar la vergüenza de sentirme derrotado. No estoy dispuesto a comerme ese sapo, no me antoja perder: seguiré peleando por presumido, cabezadura y antipático. Porque desde pequeño nunca he soportado inclinarme ante nada ni nadie. Ni maestros, amigos,  catedráticos, críticos, colegas. Ahora me enfrentaba no a personas concretas, sino a un concepto abstracto (un país), pero también al espejo, en cuanto debía demostrarme capaz de vivir in my own y pagar mis propias deudas a costa de sudor. Créanme, lo lograré.

Sin embargo, el motivo fundamental de mi resistencia al fracaso había permanecido oculto para emerger estas semanas reforzando mi rechazo al retorno. Si volviera al Perú, ¿qué futuro me depararía?, ¿qué conseguiría regresando?, ¿cuánto ganaría y perdería? Podría mover piezas entre compañeros y encontrar un trabajo, cumplir mis horario y regresar a casa a televisar el Descentralizado. En algunos meses, empezaría otro conflicto regional con amenazas de paro. Para 2010, presenciaría una nueva campaña electoral, donde los peruanos volveremos a clavarnos la estaca y votaremos por algún socialista mamarrachento, una candidata antisistema o la mezcla satánica de ambos. No puedo darme el lujo, pensé, de regresar a un país así. Créanme, no lo haré.

Comprendo que resulte chocante, porque extraño a familiares, amigos, compañeros. Extraño la comida, el acento, acariciar a mi mascota, dormir sobre mi cama. Pero mi conflictiva relación con el Perú, un país que parecería complotar contra su propio crecimiento material y moral, siempre frustró mi identificación plena con el gaseoso contenido de la nacionalidad peruana. Suiza parecía representar una válvula de escape, de liberación ante la irreversibilidad del conflicto. Anoche me convencí de esta sospecha latente mientras leía un blog de medicina publicado en la webpage de El Comercio. En “Cuida tu salud“, el doctor Huerta relata sus impresiones apenas llegado a Ginebra usando como metáfora al famoso Quai de Mount-Blanc, el malecón que corre paralelo a la rivera norte del lago Léman en el barrio de Pâquis. Huerta observa el comportamiento de los adinerados huéspedes de los hoteles cinco estrellas como el Four Seasons o el President Wilson y las costumbres de los menos favorecidos veraneantes de los multitudinarios Bains de Pâquis, unos comiendo rost-beefs de 59 CHF, otros bebiendo una mísera cerveza y matando el hambre estival con helados o hotdogs.

Lo interesante de todo y el motivo de esta nota es que al parecer, los unos y los otros se toleran sin mayor problema; se ceden el paso en la calle con mucho respeto, se sonrien genuinamente si se tropiezan, es decir, parecen aceptarse los unos a los otros sin problemas, viviendo sus vidas sin fijarse en los demás.

Sin embargo, un comentarista del blog, bajo el nick de richardtq, comentaba: “Si bien no sea muy visible la pobreza economica, no se puede decir lo mismo de la pobreza del alma, a los suizos se les conoce en europa por ser muy monetizados y frios.” Faltando poco tiempo para mi viaje, cuando contaba que viajaría a Ginebra, muchos peruanos compartían prejuicios similares al expresado por richardtq. Medité buen rato acerca del verdadero significado de la pobreza espiritual y arribé a una conclusión alarmante. La riqueza del alma, que podríamos caracterizar como una mezcla de alegría y mutua comprensión, y suele siempre asociarse a los países subdesarrollados (la alegría brasileña, la hospitalidad del peruano, el sabor caribeño), funciona como un espejismo para ocultar nuestras verdaderas carencias. En Perú no existe riqueza espiritual, solo sucedáneos, discursos preconcebidos, mitos sobre nosotros mismos.

Mi amigo Alfredo, con quien compartíamos madrugadas en compañía de Jim y Sarita hablando de temas que fluctuaban entre lo trascendental y lo absurdo, solía comentarme que la plenitud es la cúspide de una pirámide de necesidades humanas cuya base está formada por las necesidades básicas: comer, dormir, respirar, todo aquello que permita la supervivencia del organismo. Más arriba se encuentran necesidades como el gozo material, la sexualidad, la risa y mucho más arriba, asuntos más complejos como la educación, la obtención de respuestas sobre la vida, el ascenso profesional. Solo quienes han logrado satisfacer sus necesidades básicas pueden aspirar a alcanzar la plenitud. Un pueblo pobre corre mayores riesgos de perder su alma porque apenas puede satisfacer las urgencias elementales, inmediatas. Entonces, en ese ambiente no germina la alegría, la comprensión, ni la tolerancia, sino el odio, los resquemores, el desentendimiento. Los conflictos entre el Estado y las comunidades indígenas de la semana pasada son apenas un muestrario de esos mutuos resentimientos que suelen manifestarse también en aspectos minúsculos, cotidianos, nuestra diaria razón de renegar, rajar, maldecir o mentarle la madre a otros. El cobrador de combi que empuja, apura, insulta, cholea, negrea y enfrenta al pasajero (su cliente) como si fuera su peor enemigo. El empleado público que se niega a asistir al ciudadano y cumple mecánicamente su labor de entorpecimiento. El vigilante de la discoteca exclusiva que administra con arbitrariedad el derecho de admisión al establecimiento. Quienes se zurran en la justicia, y la Justicia que se zurra en el inocente. Con dificultad caracterizaría ese ambiente como un entorno de riqueza espiritual.

Nunca me han discriminado los doces meses que llevo viviendo en Ginebra. Es cierto, poco puede discriminarse en una ciudad compuesta por gente de variada procedencia, en un barrio de migrantes, en instituciones públicas donde la información y las soluciones están al alcance de la mano, donde se impone el sentido común y el principio de tolerancia, y donde, para información de los conductores limeños, un trolleybus, es decir, aquellos buses alimentados por electricidad, me cedió el paso para cruzar la calle en el céntrico distrito comercial de Bel-Air. Muchas veces, cuando conversaba con amigos o familiares vía Skype o Messenger, al relatarles las bondades de la vida ginebrina, brotaba la incómoda insinuación, “pero a tu Perú no lo cambias por nada”. Por desgracia, debo responder que sí, lo cambiaría, sin remordimientos.

 

2 Responses to “Pobreza espiritual”

  1. Alfredo Says:

    Como sabes, me gusta mucho exponer mi punto mediante analogías, por lo que esta vez no será la excepción,

    hace unos días fui a un casino, un suceso poco cotidiano, ya que decidí darme un lujo que no suelo darme muy seguido, (Que feo vicio!!!, diría mi abuela), lo curioso es que decidí irme a jugar en los juegos de azar (siento que las dichosas maquinitas están diseñadas para extraer todo tu dinero y que los que ganan ahí no son mas que unos sembrados que quieren hacerte creer que ganaras algo), lo que ocurrió es bastante interesante, inicie el juego con 50 soles (cantidad que consideré cauta) los cuales, sin nada que pudiera hacer, se fueron casi en 10 minutos en la mesa de black jack, sentí mucha piconería por haber perdido de esa manera así que decidí seguir jugando. volví a jugar 50 soles los cuales duraron un poco mas que los anteriores, de pronto me invadió una preocupación, había tirado 100 soles de una manera injustificada, sentí mucha preocupación porque empecé a pensar en algunas deudas que tenía y en lo tonto que había sido. Decidí finalmente jugar mis últimos 20 soles con el fin de “recuperar algo”, los resultados no pudieron ser más extraños.

    inicie la jugada con 5 soles (apuesta mínima), que el dealer se llevo sin compasión sacando un 21 (uy csm), decidí volver a jugar (nuevamente la apuesta mínima, con lo que solo me quedaban 10 soles), y gane con black jack ( es decir 7.5 soles) de ahí volvió a pasar algo interesante, aposte 1 sol al par perfecto y 5 a mi jugada regular obtuve dos reinas de corazones con lo que gané 30 soles mas, pensé en ese momento si debía retirarme puesto que es casi una regla escrita en el casino que si ganas 1 te deben sacar 2, no lo hice y la dinámica del juego se fue resolviendo entre ganadas, perdidas, dobladas y pares, hubieron 2 o 3 personas que se volvieron compañeros de juego entre los que conversábamos, e incluso lográbamos marear al dealer (no me siento orgulloso de ello), el resultado luego de casi 4 horas de juego fue que me retire airoso con 200 soles (es decir había recuperado mis 120 soles y había ganado 80), me sentí bastante contento e incluso ambicionando seguir jugando. Sin embargo, el pronto retiro de mis compañeros me llevo a hacer lo mismo, ya era de día y había ganado mas de la mitad de lo invertido.

    El propósito de esta historia, es hacer una analogía a lo que has contado, por un lado pude haberme retirado cuando perdí los primeros 50 o los siguientes 50. Es más pude no haber ido y nada hubiese pasado. Sin embargo, creo que mi deseo de no perder, de recuperar aunque sea lo invertido, así como el miedo a pensar en que pasaría si lo perdía todo me motivó a seguir en el juego, obviamente no todo fue en una sola mesa, de hecho recorrí varias. Salvaguardando las diferencias (es decir el miedo de perder 100 soles, o el miedo a fracasar en la vida) creo que la situación es la misma, y aunque siempre lo escuchamos en los jingles y en películas de motivación el miedo es algo que puede consumirnos, es decir que puede hacer que perdamos por que no nos arriesgamos o porque en medio del camino perdemos la confianza o la fe. Yo creo que tu vas a triunfar, primero por tu capacidad y porque estas seguro de lo que quieres.

    Por otro lado, discrepo contigo en que en nuestro país, porque aun es tuyo aunque ya no lo quieras, sea pobre espiritualmente. Es cierto, la necesidad de trascendencia llega luego de haber cubierto todas las demás necesidades. Sin embargo, creo que para poder satisfacer dicha necesidad y dejar algo hacia los demás es necesario cultivar algo mas dentro de nosotros (todos los seres humanos) es la disposición del sacrificio, es decir de no pensar en nosotros mismos a la hora de actuar. Creo firmemente que asi hay gente en nuestro Perú, al cual nunca es blanco o negro, sino un eterno gris, como si nunca se decidiera a tomar una posición definitiva. Pero creo firmemente como otras culturas ancestrales que después que no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista, y creo que después del caos viene el orden. Cuidate mucho hermano y espero verte pronto, por lo menos si no vienes, ir a verte.

    Un abrazo,

    Alfredo

  2. César Says:

    Oe las elecciones son en el 2011

    Solo uno conce sus fantasmas internos y solo uno es capaz de vencerlos, es la confrontacion de uno ante el mundo y saberse realmente solo.


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