Diario de Ginebra

Un salto de agua, una silla rota, las Naciones Unidas, la Cruz Roja, la tumba de Borges. Entre los 444,444 habitantes de la ciudad más internacional, limpia y puntual del mundo, habita un recién llegado, hambriento y presuroso de alcanzar el tranvía para tropezarse en plena rue de Laussane, cargado de esperanzas, impermeables y una hosca laptop. Este es un testimonio periódico de su estancia a orillas del lago Leman mientras delira entre quesos, relojes, chocolates, restaurantes kebab y pickpockets de la gare de Cornavin. La cotidianeidad de Ginebra, sus lerdos y felices lugareños, el déficit de alojamiento y la ausencia del pan francés: el autor les regala con desinterés la llave del diario.

El milagro de Ginebra Agosto 2, 2008

Archivado en: Comentarios, Curiosidades — gallardocarlos @ 5:24 pm
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Entrada al partido Turquia-República Checa (Euro 2008)

Para quienes no me creyeron: he aquí la prueba

Diversas ocupaciones me han impedido retomar este blog con la periodicidad que hubiera deseado. Desde aquí mis sinceras disculpas a quienes me pidieron que volviera a postear. Pronto tendrán noticias acerca de las obligaciones ineludibles que restaron espacio mental y creativo a este blog. Es una sorpresa que espero compartir con ustedes en cuanto pueda confirmarla. Por ahora los dejo con este post que tenía pensado publicar hace ya mucho (durante la Eurocopa, celebrada en Suiza y Austria el mes de junio). Siempre quise escribir un artículo relativo al nexo emotivo que guardo con el fútbol y creo que mi experiencia este año me proveyó de una excelente excusa. También anuncio que pronto estaré creando una pestaña adicional a este blog donde iré publicando los episodios sucesivos de mi próxima novela Parábola del orfanato a medida que vaya redactándolos. Cuento con sus comentarios y sugerencias.

Los hinchas alemanes (los memoriosos) recuerdan la final de Suiza 1954 contra la Hungría de Puskás y Kocsís como “El milagro de Berna”, los hinchas del Liverpool (quienes nunca caminan solos) recuerdan la final de Champions League 2005 como “El milagro de Estambul”. Pareciera que Suiza y Turquía estuvieran tocadas por algún arcano futbolístico y su conjunción produjo en Ginebra un nuevo evento milagroso, incluso para un aficionado peruano, tan malacostumbrado a la desidia, los ollazos, los seis-a-ceros. Porque cuando se tiene el privilegio de atestiguar desde la tribuna un espectáculo como el ofrecido entre el equipo otomano y la República Checa, las pasiones trascienden los linderos culturales, religiosos, idiomáticos y ese desconocido hincha peruano, colado de incógnito en el último rincón de la fila más alta de la tribuna sur, se contagia del grito desesperado de los espectadores turcos que lo rodean y entonces lo habita el fútbol sin nación ni bandera, y cobra sentido el lema de esta Eurocopa, “L’émotion a rendez-vous”, una cita con la emoción.

Ese domingo, regresaba de una corta visita a Zürich y Rudolfstetten que, paradojas del transporte, resulta pesada por los cambios de trenes zonales, regionales, intercities e incluso tranvías. El viernes había aprovechado mis primeros días de vacaciones para conocer la tumba de Joyce en el cementerio Fluntern y, curiosidades zuriquenses, aprovechar que andaba por Zürichberg para entrar al zoológico adyacente al camposanto. Por la tarde me trasladé donde mis tíos y ahora regresaba a Ginebra luego de dos intercambios tranviarios (Dietikon y Zürich Hautbahnhoff), una sucesión de ciudades, bosques, estaciones, una sensación de sofoco por el calor de julio y el merecido adormecimiento por resistir tres horas y media de viaje sentado a contracorriente de la marcha del tren.

Había llegado a Ginebra dispuesto a coger el tram hasta mi casa en Acacias cuando, al salir de la estación de Cornavin, un sujeto se acercó ofreciéndome entradas para el partido entre Turquía y la República Checa, a menos de hora y media de comenzar el encuentro. En Ginebra todo queda cerca y semejante cantidad de tiempo es relativamente largo si piensas en la distancia entre Cornavin y el estadio de La Praille, algunas cuadras cerca de mi departamento. Insistió en dejarme la entrada a 150 CHF, es decir, apenas encima del precio original. Desde luego, el tipo, que no hablaba una pizca de francés y aseguraba venir desde Londres, buscaba recuperar su inversión a toda costa antes que empezara el match y sus entradas se devaluaran. Acepté la oferta a sabiendas que recibía un ticket de la Asociación Turca de Fútbol, es decir, que ocuparía un espacio entre espectadores musulmanes; sin embargo, siempre he expresado el respeto y admiración que profeso hacia Turquía como nación de mayoría islámica por su perseverancia en defender la laicicidad del Estado y comprometerse en un proceso de occidentalización sin renunciar al contenido nuclear de sus tradiciones religiosas. Muchos turcos que habitan en Ginebra poblándola de restaurantes de kebab suelen negarse a la integración dentro del polifónico modelo suizo, no obstante, un número más importante ha decidido emprender ese paso adelante. Podía prever un ambiente tranquilo pese a tratarse de una tribuna conocida por su fanatismo (recordemos el play-off del repechaje a Alemania 2006, donde, caso curioso, Turquía recibió a Suiza en el Infierno de Estambul); sin embargo, desde un inicio comprobé la inexactitud de nuestros estereotipos y conseguí identificarme con los sufrimientos y gozos del hincha.

Mi primera sorpresa ocurrió durante la ceremonia de himnos. Quienes hayan presenciado un partido internacional sudamericano notarían la diferencia al instante. Porque además de guardar un profundo silencio durante la entonación del himno checo, sin incurrir en rechiflas ni murmullos, los turcos aplaudieron a sus rivales cuando estos acabaron de cantar. El grueso de espectadores otomanos se encontraban concentrados en la tribuna sur del estadio, una marea roja incansable, nunca callada excepto durante esos minutos. La segunda sorpresa, menos amena, la ofreció el equipo checo, lanzado al ataque desde los primeros minutos. La República Checa contaba como carta de garantía en la ofensiva al tanque Jan Koller, es decir, fuerza de choque y juego en altura. Lo acompañaban Plašil y Sionko como aleros y mostraba un esquema defensivo más confiable sostenido en el pilar que representaba Petr Čech al arco. Considerado hasta entonces el mejor arquero del mundo, el guardavallas del Chelsea figuraba entre las atracciones del partido aunque muchos apostasen que su participación sería poco determinante. Milan Baroš, último jugador insignia de una brillante generación de futbolistas checos (Nedvěd, Poborský, Rosický, Jankulovski) que mereció mejor fortuna durante el Mundial de 2006, aguardaba en el banco de suplentes, de donde nunca saldría.

Koller adelantó a República Checa promediando el primer tiempo y Plašil sumaría el segundo a los 62 minutos. Turquía necesitaba tres goles en menos de media hora para clasificar con pase directo o forzar un empate agónico para decidir la clasificación vía penales. Para mayor desesperación de la sufrida hinchada turca, los checos pudieron alargar la distancia anotando un tercer tanto; sin embargo, la suerte comenzó a sonreírle al equipo de Fatih Terim cuando un remate de Polák chocó contra el parante. Entonces se gestaría el volteretazo que convertiría a este partido, a simple vista anodino para la atención pública, demasiado concentrada en la despedida del equipo local contra el archifavorito Portugal.

Porque incluso entre los europeos un República Checa-Turquía concita poca atención. Debemos imaginarnos este escenario entre los sudamericanos, seguro ansiosos por observar a Ronaldo, Ballack, Torres u otras figuras del álbum Panini, pero indiferentes ante equipos que casi nada parecen aportar a la Premier League o la Serie A. Algunos podrían darse por contentos habiendo presenciado un gol de Koller y ciertas atajadas de Čech, pero el encuentro tenía deparado un desenlace inesperado. Recién al minuto 75, una proyección por derecha permitiría a Hamit Altintop lanzar un pase cruzado que atravesaría el área hasta encontrar a Arda Turan que marcaría el descuento. La angustia se apoderaría de los checos y un toque de nervios de quien menos se esperaba, un tropiezo de Čech al intentar embolsar un centro que bien pudo haberse puñeteado, encontró a Nihat Kahveci en los tres o cuatro minutos más iluminados de su carrera futbolística, dispuesto a aprovechar el blooper y anidar el balón cuando faltaban cinco para cumplirse los reglamentarios.

El estallido de emoción invadió la tribuna sur. Los turcos se saludaban con sus vecinos de butaca y no pude rehuir a sus abrazos y apretones de manos. La excitación general apenas tuvo un instante de respiro porque a los 89 minutos, otra vez Nihat, quien apenas había mostrado algún asomo de buen fútbol, recibió un pase en profundidad para, habilitado por una sorprendida defensa checa, batir por segunda vez a Čech, ahora con un tanto maravilloso cruzado con fuerza hacia el ángulo. Era increíble, ninguno de los presentes salía de su asombro, menos los propios jugadores y la celebración de Nihat arrojándose de espaldas al suelo quizá creyendo que todo era un sueño fraguado bajo el cielo de Ginebra quedaría como estampa de esa explosión incontrolable de alegría.

No recuerdo haber salido tan contento de un partido de fútbol después de mucho tiempo y aunque gastara 150 CHF para espectar el encuentro desde la última fila de la tribuna popular, jamás me arrepentiré de haberme aventurado a comprar ese tiquete. Termino de escribir este artículo en agosto de 2008, cuando la UEFA ha anunciado que la Eurocopa alpina ha sido la mejor organizada y más rentable de la historia. No quepan dudas porque la eficiencia y la originalidad saltaron a la vista en los fanzones instalados en diversas ciudades de la Confederación. Entre los círculos de internautas, sin embargo, este República Checa-Turquía sigue figurando como el mejor partido del campeonato, debido a un elemento fundamental que todo fanático del fútbol espera cuando observa un partido: la entrega total de sus 22 protagonistas hasta el minuto 90 de juego, sin descanso ni concesiones, un despliegue de orgullo y vergüenza deportiva. No interesa la estética ni las filigranas, ese espejismo llamado juego bonito, solo importa el compromiso de pelear hasta el último balón mientras las esperanzas continúen intactas.

Video de Youtube: los goles del partido y la algarabía turca.

Este otro video también permite observar el maravilloso estadio de La Praille:

 

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