Diario de Ginebra

Un salto de agua, una silla rota, las Naciones Unidas, la Cruz Roja, la tumba de Borges. Entre los 444,444 habitantes de la ciudad más internacional, limpia y puntual del mundo, habita un recién llegado, hambriento y presuroso de alcanzar el tranvía para tropezarse en plena rue de Laussane, cargado de esperanzas, impermeables y una hosca laptop. Este es un testimonio periódico de su estancia a orillas del lago Leman mientras delira entre quesos, relojes, chocolates, restaurantes kebab y pickpockets de la gare de Cornavin. La cotidianeidad de Ginebra, sus lerdos y felices lugareños, el déficit de alojamiento y la ausencia del pan francés: el autor les regala con desinterés la llave del diario.

Mujeres Abril 21, 2008

Archivado en: Uncategorized — gallardocarlos @ 7:38 pm
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Maison Tavel

El sábado pasado, por la tarde, decidí variar la rutina y visitar algún museo de Ginebra. Entre las diversas exposiciones de la Vielle Ville, la Maison Tavel, una célebre residencia del centro histórico cuya primera reconstrucción data de 1344, resulta curiosa y esclarecedora para comprender la evolución del cantón, la ciudad, sus habitantes y sus costumbres. La primera estancia es medieval, la segunda renacentista. Al subir al premier étage, accedemos a la Ginebra republicana y decimonónica. En la cava, se exhiben pesos, medidas, barricas y monedas de distintas épocas, pero lo interesante es enterarse de las sucesivas transformaciones del sótano desde el siglo XIII o mucho antes. Me acompañaba en esta travesía temporal una simpática amiga polaca a quien acabo de enseñarle a utilizar la palabra “pucha” como muletilla (quienes me conozcan, deben recordar mis hábitos lingüísticos). Dominika es bachiller en Historia del Arte y cursa también la maestría de Español. Sería poco caballeroso negar que admiro y envidio su destreza para los idiomas y la salsa, su desenvoltura y amabilidad para relacionarse y –desde luego, algo que siempre he demandado entre las mujeres-, su desenfado para sonreír con sinceridad. Siendo un recién llegado, Dominika fue la primera compañera de clases en el campus de Philosophes en acercarse a conversar conmigo cuando apenas daba vueltas en torno al pasillo para matar el aburrimiento y desde entonces, congeniamos por divina providencia (debería resaltarlo, porque como buena varsoviana es católica practicante, aunque en escasas ocasiones tratáramos asuntos religiosos). Sin embargo, nuestro vínculo se mantiene en estrictos términos amicales. Llámenlo actitud derrotista, pero intuyo que nuestra relación es demasiado hierática para suscitar pasión, la condensada dosis de estima y respeto frustrarían todo afán trangresivo, cualquier deseo o mera atracción. En síntesis, terreno fértil para una amistad duradera. Hago la aclaración porque en sucesivas ocasiones amigos y familiares han redundado en preguntas y comentarios, plagados de prejuicios y fantasías comunes al imaginario latinoamericano, acerca de las mujeres europeas. Aunque recibo con humor aquellas interrogantes, debo confesar que me incomodan sobremanera. Primero, porque detesto los cacareos machistas (y feministas) incluso cuando pretenden ser amigables y picarescos. Segundo, porque detrás de semejantes ilusiones pervive un sustrato de pensamiento tercermundista que siempre anhelé desterrar de mi entorno. A continuación, me dispongo a desbaratar sus falacias, supercherías y monomanías, y responder, por primera y única vez, esas estúpidas preguntas.

Créanme, por favor: en Ginebra apenas quedan rubias. Hay castañas y morenas, estas últimas bastante atractivas. Debo recordarles que he venido a Suiza, no a Escandinavia, Inglaterra o el Tirol. La curiosidad de mis amigos por las rubias es desconcertante y, por instantes, morbosa. El disgusto sería menor si tamaña obsesión se correspondiera con la realidad pero, señores, no vivo entre blondas. Ginebra, cuidad internacional, es un foco de mestizaje mundial, una pequeña Nueva York, aquello que Lima debió ser para el Perú si lográramos curarlo de sus hipocresías. La diversidad de lenguas, credos y razas, ese sosegado ambiente multicultural, la confluencia de todos los continentes impiden que Ginebra (lo siento por ustedes, muchachos) sea una especie de Playboy urbanística para sudamericanos hambrientos de carne blanca.

Un cuento genial de Clemente Palma puedes ayudarme a ilustrar el contexto de Ginebra como hogar de la globalización (o mondialisation, como dicen los francófonos). “La última rubia. Cuento futuro” relata la historia de un científico empeñado en resucitar la sabiduría de los alquimistas medievales y crear la piedra filosofal. Para el año 3025, ha desaparecido el oro de la faz de la Tierra y quien consiga un método barato y efectivo para elaborarlo en laboratorios alcanzará fama y fortuna. Sin embargo, para forjar la piedra es necesario un mechón de cabellos rubios y dado el intenso mestizaje, estas han ido desapareciendo (con certeza científica, porque, con frecuencia, los genes del cabello rubio son recesivos). Nuestro protagonista sale en busca de un pariente suyo que ha preservado con enfermiza obediencia la pureza racial, se enamora de su hija de dorada cabellera, solo para descubrir, luego del fracaso de su experimento, que la muchacha se teñía el pelo a diario. Este anónimo personaje parecería representar los complejos de inferioridad vinculados a cierto anhelo de exotismo, un discurso enraizado en la mitología sexual de varios países subdesarrollados que encubre una política del sexo: el mejoramiento de la raza, el brichero, la seductora de gringos, e incluso la práctica intencionada de “conseguirse” un americano o europeo para eludir el subdesarrollo y asegurarse la prosperidad (reitero que solo me parece condenable la práctica intencionada, es decir, aquella que es realizada con el único propósito de aprovechar las ventajas que ofrece el matrimonio con un extranjero, es decir, instrumentalizando la relación interpersonal y, muchas veces, sin aprecio sincero por la pareja). Estos comportamientos y paradigmas denuncian siempre una jerarquía deliberada del deseo, donde se alían placer y poder. La rubia es un objeto, una herramienta de realización política antes que sexual. En palabras sencillas, levantarse una rubia es motivo de jactancia y connota cierta superioridad para quienes creen que representa un salto cualitativo. El problema reside en que este salto solo es concebible reconociendo un estado inicial de inferioridad.

El segundo comentario más frecuente me provoca por su reincidencia unos disgustos biliares incontrolables y refiere al mito del latino como objeto del deseo femenino europeo. Quienes insisten en recordarme mi condición étnica como factor de seducción, suponen que las mujeres ginebrinas pierden los estribos por cualquier sudamericano o caribeño, peor aún, asumen que ostento una ventaja comparativa frente a los fríos y apagados europeos. En realidad, a las mujeres ginebrinas les importa un bledo la latinidad, excepto para bailar algunas canciones de moda. Y conociéndome, sospecho que me parezco más a aquellos gélidos y aburridos europeos que al incompetente, informal, dicharachero, impuntual, alharacoso, sandunguero y mujeriego macho latino devorador de rubias al granel. Algunos amigos se escandalizan cuando admito mi voluntaria familiaridad con el carácter suizo, pero no puedo evitarlo: me gusta el orden, la puntualidad, la servicialidad, pero sobre todo, la equidad para tratar a hombres y mujeres en igualdad de condiciones. Presiento que Suiza terminará de matar aquellos residuos de latinidad perniciosa que cohabitan con mi tendencia a la formalidad absoluta. Puede parecer eurocéntrico, occidentalizado, alienante, soberbio, pero prefiero reservar el caos al terreno literario y entregarme con devoción al orden más eficaz para mi oficio, mis estudios, e incluso, para mi vida íntima.

En imágenes: la Maison Tavel, origen de estas divagaciones.

 

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