El fin de la Historia Abril 12, 2008

En 1992, el filósofo y pensador político norteamericano Francis Fukuyama atestó el golpe final contra el siglo de los grandes relatos ideológicos en un libro determinante para el debate posmoderno: El fin de la Historia y el último hombre. La década del noventa, inaugurada el 9 de noviembre de 1989 (con el derrumbe del muro de Berlín) y finalizada el 11 de setiembre de 2001 (con los atentados al World Trade Center), desmanteló el aparato mental de la Guerra Fría, terminó por descartar la viabilidad del bloque comunista y sustituyó la confrontación ideológica o la lucha de clases que había caracterizado a las décadas anteriores por el “choque de civilizaciones” de Huntington. Los noventas erigieron un discurso distinto a aquel que alcanzó su auge durante los sesentas (es decir, la urgencia de un enfrentamiento entre capitalismo y socialismo): para los noventeros y quienes crecimos y nos criamos durante aquellos años, la izquierda de antaño pasó de la caducidad a la nulidad y, como expone Fukuyama, el camino trazado por la democracia liberal es, sino el único, el más recomendable para alcanzar el desarrollo. La economía concierne al hombre común más que el relato utópico de las ideologías modernas y con ello debemos convivir incluso los mismos liberales: la Historia como gran vaivén de confrontaciones terminó. No había tenido experiencia de este quiebre sino hasta mi llegada a Suiza. A pocos meses de mi estadía me percaté de que, excepto ciertos sucesos políticos de escasa importancia, no ocurría nada notable y que las páginas políticas de cualquier diario ginebrino eran quizá las menos atractivas. Cuando mis familiares y amigos me preguntan por internet o teléfono qué novedades, me desespera no poder contestarles porque, aparte de mi rutinaria aunque entretenida labor intelectual, no sucede nada digno de remarcarse. Ni siquiera el clima, el desfase horario, la puntualidad del transporte o la diferencia de hábitos y caracteres pueden haberme afectado tanto como este progresivo acostumbramiento a la inmutabilidad, a la carencia de acontecimientos y peripecias. Ahora descubro los motivos de este aturdimiento. Permítanme exponerlos.
A diferencia de Suiza, Estados Unidos, Japón, la Unión Europea y demás países desarrollados, en Latinoamérica subsiste una ambigua relación con los discursos ideológicos de la modernidad tardía. Mejor dicho, para los peruanos, la Historia no ha terminado: la lucha entre discursos antagónicos continúa y se manifiesta de manera radical. Mientras en Suiza los partidos políticos apenas se atreverían a distanciarse mucho de las líneas generales de consenso, en Perú este acuerdo tácito entre ciudadanos no existe. Cada cinco años, quizá cada mes, cada semana, en cada votación del Congreso, los peruanos escribimos de nuevo la Historia viviendo en una eterna tensión entre discursos que no consiguen alcanzar una síntesis. Es sencillo comprobar que, en términos de Fukuyama, la Historia peruana no llega todavía a acabarse: la democracia liberal, el sustento estructural de los noventa, es puesto en entredicho por diversos sectores sociales con intereses opuestos (militares, conservadores, Iglesia, fujimorismo, nacionalismo, sindicatos). La elección de 2006 no consistió en escoger entre distintas interpretaciones del liberalismo democrático, sino en defender la constitucionalidad frente al autoritarismo, en optar por posiciones radicales y definir la continuidad del sistema político y económico frente a aquellas propuestas que creíamos canceladas después de la dictadura, el genocidio senderista y la crisis generada por los sucesivos gobiernos populistas de los ochenta. Esa presencia amenazadora, ahora encarnada por el nacionalismo y los sectores más retrógrados de izquierda, tiene un sustento que explica el desencanto de sus partidarios por la democracia y la libertad económica: ese móvil podría ser la pobreza, la marginación, la injusticia, pero también hallarse en ficciones hábilmente tramadas por sus ideólogos para resistir a su inevitable desaparición.
Esas mentiras alimentan los rencores entre clases sociales (por ejemplo, siempre existe un/una “candidato(a) de los ricos”, existe un partido que justifica sus contradicciones e iniquidades bajo el mote de “Partido del Pueblo”), entre razas (los nefastos “pituquitos de Miraflores” de Eliane Karp como argumento para defender la raigambre indígena de su partido, pero también la estratagema publicitaria del velasquismo para legitimarse empleando un aparato iconográfico y alusiones históricas de poderoso violentismo), entre regiones (el proceso contra el TLC podría leerse retóricamente como la confrontación entre costa y sierra), entre letrados e iletrados (la incomprensión de los ilustrados frente al fenómeno nacionalista al comienzo se definió en términos educativos). Estas ficciones generan violencia, confrontación, no coligen en acuerdo alguno, sino en tensos períodos de armisticio entre los cuales el peruano común y corriente se debate hasta el próximo escándalo, la próxima compra de camionetas, el siguiente apañamiento, el nuevo capítulo del megajuicio.
Los peruanos vivimos constantemente en Historia, convive con el sobresalto, porque convierte, desde pequeño, al riesgo latente en credo y conducta. Cuando un peruano es extraído de ese bosque de zarzas, se siente desorientado, extraña su peligro cotidiano, reclama sus huelgas de hambre indefinidas, sus bloqueos de carreteras, sus quemas de llantas, sus otorongos, sus fantasmas hiperinflacionarios. Necesita llegar a casa y despotricar, maldecir, hacer hígado, porque –pareciera- no existe otra manera de socializar, de beber una cerveza entre amigos o compartir un ceviche que rajando del vecino, cuestionando la inteligencia de alguien o criticando el desempeño de un ministro. Pero cuando un peruano, desentrañado del nido de ratas donde vivió desde niño, se acostumbra al eficiente traqueteo del tranvía, a la gentileza proverbial de los funcionarios públicos, a los aburridos y civilizados procesos políticos, al maniqueo cumplimiento de las normas del reciclaje, siente, con toda sinceridad, que la Historia importa un bledo.
En imagen: L’horloge fleurie, el reloj florido de Ginebra, donde el tiempo es un monumento.

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