Para Pascuas regresé a Rudolfstetten, donde pasara mis primeras noches en Suiza y donde siempre soy recibido con calidez por mis tíos Samuel y Nidia. Pâques es una celebración extensa en Suiza, comienza el jueves desde mediodía y se prolonga hasta el lunes, incluido como feriado. El chocolate cobra un protagonismo casi navideño. Huevos y chocolates abundan en los supermercados y productores artesanales. La fluctuación de viajeros también se incrementa en toda estación de trenes y quienes subimos al Intercity en Cornavin agradecemos la disponibilidad de asientos tratándose de la segunda estación rumbo a Saint-Gall. Como en ocasiones anteriores, el capricho del controlador me obligó a realizar una parada en Berna para acceder a un segundo tren hasta Aarau (luego, el tercero, hasta Dietikon; y el cuarto, hasta mi destino final). Sin embargo, comparto la opinión de mi profesor Félix de Azúa, quien, nuevo en estas lides ferroviarias suizas, compara al funcionario público hispánico con el servicial empleado suizo y llega a la conclusión de que Suiza es una república de ciudadanos, no de súbditos. Lo comprueban no la solidez de sus instituciones, sino la eficiencia y el respeto al pasajero, cliente, alumno. [Pronto hablaré más sobre este profesor, quien dicta quizá la mejor cátedra que vengo llevando este semestre. Conocido blogger, filósofo, nominado a la Real Academia, ganador del premio Alfaguara, de Azúa enfoca su curso sobre El acabamiento de la Modernidad desde una perspectiva provocadora, tanto que cuesta estar de acuerdo en la totalidad de sus propuestas; sin embargo, ese intercambio es enriquecedor].
Durante estos días de descanso, estuve leyendo un magnífico libro de historia. Existen textos académicos que consiguen atrapar a los lectores con una curiosidad novelesca. Este mérito reside en su capacidad de describir una época o un proceso a partir de un aspecto particular, sin convertirse en un tablón de estadísticas o un texto de divulgación. L’ours: histoire d’un roi déchu (El oso: historia de un rey destronado) de Michel Pastoreau en apariencia se restringe a relatar el descenso simbólico del oso europeo, deidad primitiva o ancestro de los héroes fundadores, el combate de la Iglesia contra su influencia en las sociedades agrícolas y su humillación como animal de circo durante la edad contemporánea. Como colofón, Pastoreau ensaya una reivindicación, una “revancha” en sus propias palabras, del oso en la cultura moderna. Desde emblema de diversas ciudades europeas hasta, edulcorado y domesticado, apoderarse de los dormitorios de millones de niños del mundo convertido en la imagen prototípica de juguete. El oso Teddy, amigo del hombre, reconciliado con una humanidad que lo demonizó (san Agustín y Jerónimo) o propuso exterminarlo (Carlomagno), representa también los efectos de la secularización y la industrialización, signos de la modernidad.
El libro de Pastoreau expone de manera progresiva el ensañamiento de la cultura occidental contra un animal, pero también relata los vaivenes, las contradicciones, las motivaciones profundas que cimientan nuestra civilización. Lo logra apelando a un tema que estructurará una reflexión más profunda: contando al oso, se cuentan aspectos de Occidente. No conozco libro alguno de historia peruana que no peque de aburrido e inaccesible (excepto para algunos expertos). No necesitamos un animal, o un color (Pastoreau ha escrito un libro ¡sobre el azul!), podemos hablar sobre el siglo XX peruano hablando de la música, los equipos de fútbol o las elecciones. Desde luego, existen historias del criollismo, del Alianza Lima o grandes compendios estadísticos sobre comicios y votaciones. Sin embargo, son simples relaciones de hechos, historias anecdóticas, inútiles para explicarnos los complejos procesos sociales. Quizá los libros más cercanos a este ideal (que haya leído) sean Buscando un Inca de Alberto Flórez Galindo y Diversiones públicas en Lima. 1890-1920 de Fanni Muñoz, recomendable análisis sobre los trastornos de la modernidad temprana en las élites limeñas.
Los berneses son osunos, como diría Pastoreau (el nombre de la ciudad y su escudo aluden a esta fiera), y mi tío Samuel es un buen oso de Berna: gran conversador, anfitrión esmerado y abuelo consentidor. Siempre que retorno a Rudolfstetten me siento aliviado de retornar al seno familiar, a los apetitosos desayunos con queso gruyère y emmental, a los panes trenza de mi tía Nidia y los comentarios deportivos mientras mi tío me traduce el Tageschau (el noticiero de SF1, aunque de cuando en cuando aprovecho para poner la TSR, el canal francófono). Entonces nos inquietamos porque Roger Federer parece haber perdido la ruta, o porque Friburgo hubiera frenado la racha de victorias del Genève Servette en el hockey sobre hielo, o adivinando cuánto merecen de puntaje las clavadistas ucranianas que apenas hicieron salpicar la piscina en el campeonato europeo de deportes acuáticos. El fútbol (sobre todo, peruano) lo tengo en suspenso hasta la inauguración de la Eurocopa.
Luego hablamos de la proverbial incompetencia del gobierno de García que, abusando del intervencionismo estatal que circula por sus arterias hayistas, ha negado la autonomía a los institutos superiores pedagógicos privados para establecer sus fórmulas de ingreso. A nadie le incomodaría que, poseído por su bipolaridad, García interviniese los centros de enseñanza públicos (mejor dicho, aquellos que deberían preocuparle por su estado calamitoso), pero ponerle vallas a la inversión privada, por pequeña que sea, debería generar mayor preocupación, sobre todo en quienes, con la conciencia tranquila votaron por un litiodependiente en la primera vuelta (recuerdo los argumentos de una prima empecinada en creer que solo García sería capaz de derrotar a Humala: algunos en mi familia paterna siguen siendo apristas, me duele anunciarles que el período de gracia terminó y he decidido hacerle la oposición a esa piara de incompetentes que viene gobernándonos). Ahora se pretende cerrar las facultades de Educación de varias universidades, entre ellas, La Cantuta, en un país donde, además de infraestructura, faltan profesores, y donde faltarán centros de instrucción para docentes si acatamos los designios de Su Majestad, porque en el Perú, pronto dejaremos de ser también una república de ciudadanos: al menos, el partido que nos gobierna lleva 80 años siendo una secta religiosa. Pero el oso de Berna es combativo y está dispuesto a publicar un anuncio a página entera en El Comercio para denunciar esta injusticia. Seré el primero en apoyarlo si algún día decide juntar firmas para oponerse a semejante atropello contra la iniciativa privada. No solo porque mis convicciones lo ordenen, sino porque aprecio y respeto la trayectoria y la devoción por el trabajo de quien me abre la puerta de su hogar cada mes y con quien he aprendido a preparar unas deliciosas galletas caseras.



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