Diario de Ginebra

Un salto de agua, una silla rota, las Naciones Unidas, la Cruz Roja, la tumba de Borges. Entre los 444,444 habitantes de la ciudad más internacional, limpia y puntual del mundo, habita un recién llegado, hambriento y presuroso de alcanzar el tranvía para tropezarse en plena rue de Laussane, cargado de esperanzas, impermeables y una hosca laptop. Este es un testimonio periódico de su estancia a orillas del lago Leman mientras delira entre quesos, relojes, chocolates, restaurantes kebab y pickpockets de la gare de Cornavin. La cotidianeidad de Ginebra, sus lerdos y felices lugareños, el déficit de alojamiento y la ausencia del pan francés: el autor les regala con desinterés la llave del diario.

Unos extraños aplausos Marzo 14, 2008

Archivado en: Uncategorized — gallardocarlos @ 12:23 am
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Nunca esperé ser aplaudido en Ginebra. Tampoco esperaba reencontrarme tan pronto con una pasión que creía olvidada: pararme frente a un salón y dictar una clase. Hace varios días, con amargura pero alborozo les contaba que, aunque pretendiera eludirlo, el Perú me perseguía como una sombra inquisidora. Olvidaba mencionar un episodio del seminario sobre Ensayo Latinoamericano que había decidido, de manera casual, movido por mi curiosidad, llevar como alumno libre. El profesor Azoughart, encargado de la materia, al verme entre sus estudiantes, sin mediar negociación alguna me entregó de golpe La utopía arcaica (nuevamente Vargas Llosa) para preparar una exposición que complementara el análisis sobre indigenismo y problemáticas de identidad nacional. Le advertí que aceptaría el ofrecimiento considerando que ningún compañero estaba en condiciones de manejar un panorama vasto y erudito sobre historia de la cultura peruana, pero que lo haría por amor al arte porque no necesitaba una atestación (ya había cumplido los créditos de Literatura Hispanoamericana). Mientras preparaba mi exposición y me reencontraba con un libro polémico dentro de su propia consistencia, recordaba mis anteriores presentaciones en Ginebra, casi todas aburridas y atropelladas, siguiendo la pauta de un texto preestablecido desde días antes y ante lo ajustado del tiempo, leídas a la carrera con el tedio de un coloquio académico. De aquellas exposés había salido molesto, insatisfecho, creyendo haber efectuado un soliloquio pesaroso que apenas inquietaba al profesor, sin haber iluminado a mis compañeros sobre la interpretación de un texto o haberles aportado perspectivas originales para su comprensión. Había redactado seis páginas a espacio simple como guía cuando me atreví a cambiar de estrategia y, encerrándome en mi recámara de Epinettes, ensayé mi disertación determinado a captar al público desde las primeras líneas, acentuando datos, resaltando definiciones, extendiendo alguna explicación, paseándome por un altillo imaginario y recuperando esas mímicas, entonaciones y apelaciones que creía olvidadas desde mis años de instructor en el Departamento de Letras de la Universidad Católica. El resultado superó mis expectativas.

Estaba bastante nervioso por la viabilidad del experimento, pero sobre todo por la responsabilidad, autoimpuesta, de hablar con objetividad, pero también con una saludable cuota de apasionamiento, sobre un tema que debía manejar mejor que cualquiera en esa aula de Bastions. Comencé refiriendo mi emoción. No porque fuese peruano o porque admirara tanto a Arguedas como Vargas Llosa, sino porque las tensiones y contradicciones que devela La utopía arcaica continúan siendo materia de discusión y sujeto de actualidad. De inmediato, propuse empezar con un comentario al margen del libro que ilustrara este dilema, aún irresuelto: la toma de Andahuaylas durante el Año Nuevo de 2005 por un comando de reservistas del Movimiento Etnocacerista, el carácter violento de sus reivindicaciones y su delirante doctrina nacionalista. Los reclamos indígenas –o quienes, desde ideologías violentistas o totalitarias, pretenden representarlos- parecen no replegarse, sino cobrar inusitado vigor. El ideal de justicia se entremezcla con actitudes pasatistas, folklóricas, de raigambre milenarista, como aquellas que describiera Flórez Galindo en Buscando un Inca. ¿Qué ocurre en los Andes? ¿Se extinguió la Utopía después de la transformación radical que suscitaron las migraciones, el fracaso de la Reforma Agraria y el Conflicto Armado Interno? ¿O subsiste, arraigada en el subconsciente colectivo, la esperanza de trastocar el mundo, promover el pachacuti que reinstaure el Paraíso idílico de los incas?

Estas hubieran sido mis palabras ante un auditorio peruano consciente de la historia contemporánea. Sin embargo, intenté introducir a mis compañeros en ese ambiente cargado de ideología, creencias y deseos que describieron con claridad sociólogos, antropólogos o críticos literarios. Lo expuse despacio, vocalizando, enumerando, aportándoles un esquema que les hiciera comprensible ese universo hasta entonces poco explorado. No temía parecer esquemático porque si algo aprendí durante mis años catolicenses es que la dispersión durante la enseñanza resulta fatal. Las clases magistrales de profesores como Ricardo González Vigil eran admirables para quienes teníamos el interés y la capacidad de seguirle el paso entre sus incontables digresiones, pero la mayoría debió perderse en ese deleitable fárrago de conocimientos. Como alumno y pre-docente comprobé que el esquematismo en la enseñanza no siempre es un vicio, sino una virtud: la habilidad del profesor para comunicarle al alumno la información idónea de manera ordenada puede convertir una clase bastante sosa en fuente de enriquecimiento. Sin embargo, para cumplir con este cometido, el esquematismo no debe quedar a la luz. Recuerdo mis clases con Carmela Zanelli, una correcta profesora de Literatura Colonial, quien cada semestre se empeñaba más en acercar sus seminarios a una lección para alumnos de secundaria. Comprender a Zanelli, a diferencia de González Vigil, era sencillísimo, pero las clases de este último eran inspiradoras, por no decir emocionantes.

Cuando vi, sorprendido, a Dominika, Lupe, Camila y los demás alumnos tomando nota de las principales características de la utopía arguediana, sentí que cumplía mi cometido: estaba dictando de contrabando una clase en Ginebra. Había programado la exposición para una hora pero cuando me percaté, estaba invadiendo la segunda hora. Disimulé mi entusiasmo al chequear el reloj, pero sin haberme dado cuenta, lo disfrutaba, mejor aún: ¡me divertía, como casi nunca cuando dictaba en la PUCP! Aproveché los últimos minutos para comentar las conclusiones de Vargas Llosa sobre el futuro de la utopía frente a una sociedad peruana cuya principal revolución cultural parece encarnarse en la economía informal y lo chicha como ética y estética. Ese país que Arguedas solo pudo conocer en su fermento (la industrialización del puerto de Chimbote) ha terminado por desmentir parcialmente a la utopía arcaica como programa político y social, encumbrando una nueva figura, al provinciano emprendedor que enfrentándose a las trabas burocráticas genera riqueza merced a su pragmatismo y afán de lucro. Redondeé la exposición recordando la asonada contra Andahuaylas. La derrota de Ollanta Humala en las elecciones de 2006 puede haber ocultado para los limeños y para los provincianos de Lima (esa gran masa que renunció a plegarse al discurso nacionalista) que esa utopía que nació durante finales del XIX y se alimentó de imágenes idealizadas sobre nuestro pasado prehispánico continúa vigente para un amplio sector de compatriotas del interior que votaron en avalancha optando por un discurso radical.

Cansado pero feliz, agradecí, miré hacia un costado, bajando la cabeza para tomar un respiro y escuché los primeros aplausos. Me sentí recompensado, pero extrañado e incómodo. Siempre consideré que puede aplaudirse (incluso ovacionarse) una conferencia, un discurso de coloquio, una mesa redonda, pero jamás una exposición y aunque el profesor Azoughart me agradeció y felicitó por mis palabras, mi alegría se confundía con cierto resquemor. Saliendo de clase, me refugié en la biblioteca y volví a leer. Me ardía la garganta, el corazón me daba tumbos y, por primera vez desde mi arribo a Ginebra, tuve la sospecha de experimentar un atisbo de plenitud.

En imagen: Uni-Bastions.

 

One Response to “Unos extraños aplausos”

  1. Alfredo Says:

    Según la pirámide de necesidades de Maslow, un ser humano alcanza la plenitud cuando culmina el último tramo de necesidades, las de la autorrealización. Sin embargo, en alguna ocasión me tope con una teoría que indica que la pirámide no es una sola. Es decir que esta pirámide se vuelve a formar en la medida que las personas cambian su status, es decir la pirámide de necesidades cambia, por ejemplo, cuando pasamos de ser estudiantes a profesionales. La teoría además indica que luego de satisfacer una serie de necesidades de autorrealización, en un número no especificado, se desarrolla un nuevo tipo de necesidad, las de Trascendencia, que es el punto al cual quería llegar luego de esta breve introducción. Por lo descrito en tu post, creo que te sentiste pleno por la sencilla razón que además de lograr satisfacer una necesidad de autorrealización, la de poder dar una clase en Ginebra, esta estaba acompañada de esta necesidad de trascender. Es decir, estabas dejando algo más que las ideas dentro de dicha exposición, y eso mi querido hermano, esa sensación que pudiste dejarles algo es la satisfacción de haber trascendido mas allá del discurso, independientemente del contenido del mismo, con el que se puede concordar o diferir.
    Por otro lado mi querido Carlos, permíteme decirte que me siento muy orgulloso, y desde aquí todos, Jim, Sarita, Luis, Meyer y yo, no tenemos ninguna duda de que vas a seguir sobresaliendo, y todo nuestro apoyo para que sigas adelante. No te deseo suerte, pues la suerte para mi es estar en el lugar indicado (Ginebra) en el momento preciso (25 años). Muchos éxitos y estaremos en contacto
    Un abrazo
    Alfredo

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