
Ha empezado el semestre de primavera en Ginebra. Después de algunas semanas de vagancia que invertí reescribiendo varios capítulos de una novela, Parábola del Orfanato, he regresado a las aulas de los bâtiments de Bastions y Philosophes, donde recibo la mayoría de seminarios del Master. Al primer edificio, sede emblemática de la Universidad desde 1873, puede accederse también a través del célebre Parc des Bastions, quizá el área verde más visitada y hermosa de Ginebra, entorno natural y arquitectónico donde el campus se encuentra asimilado hasta integrarse a su armónica jardinería. Sus vitrales y somero estilo neoclásico, sus viejas aulas dispuestas en forma de anfiteatro, el salón donde Saussure dictara su célebre curso de lingüística general, el entrevero idiomático de clases en alemán, italiano, francés, inglés, español y ruso, jóvenes islámicas portando el velo, europeas en abrigos y medias de nylon, los fumadores del pasadizo al Aile Jura: Ginebra ha recuperado su pacífico pero eficaz ritmo académico, los almuerzos en Dufour e incluso las tardes de lectura en sus cálidas bibliotecas. Sin embargo, el Perú –una costumbre, una desolación- reapareció con un signo inesperado esta semana durante un curso sobre escritura autobiográfica.
Solo para despejar algunas dudas, explicaré el concepto de autobiografía según la teoría de Phillip Lejeune (que conozco desde hace algunos años, gracias a un seminario de Deontología dictado por Cecilia Esparza). Es autobiográfico todo relato donde existe totalidad identidad entre autor, narrador y personaje principal. Es decir, cuando estas tres entidades son la misma persona. Desde la perspectiva del lector, además, debe establecerse un contrato de confianza, de creer al autor que los hechos relatados se refieren a la realidad, no a la ficción. ¿Puede mentirse en una autobiografía? Desde luego, pero establecer la veracidad de los hechos o la moralidad de quien escribe sus memorias o un diario no forman parte del trabajo académico. Detengámonos en este punto para evitar enredos teóricos que compliquen la comprensión del tema y pasemos al asunto anecdótico: el profesor encargado de esta cátedra es José Romera Castillo, profesor y director del departamento de Literatura Española de la UNED (Madrid), reconocido experto en la materia dentro del ámbito hispánico, y como viene demostrándolo, un tipo con sentido del humor bastante afinado. Pues nuestro flamante catedrático (esta será su primera temporada de docencia en Ginebra), además de cargarnos con una primera tarea bastante pesada (Las Confesiones de Rousseau que, sospecho, solo podré conseguir en francés), tuvo cierto chispazo de ingenio al aprovecharse de la miscelánea geográfica de sus estudiantes para endosarle a cada quien una autobiografía por región. Como peruano, me tocará trabajar El pez en el agua de Vargas Llosa. Llámenlo un arranque de arbitrariedad, de suerte, de hado, pero después de recibir varios revolcones de adversa peruanidad, esta ocasión no puedo quejarme. Incluso diría, estoy satisfecho sin haberlo pretendido.
No confundan mis razones, no pretendo reconciliarme con ese nacionalismo empobrecedor que practican ciertos latinos en Europa (cuando algunos reivindican el término “sudaca” como una identidad grupal, suelo responderles que la palabreja en cuestión es un insulto). El pez en el agua, como gran parte de la producción novelística vargasllosiana, representó, durante mis primeros años de aprendizaje literario, el cimento de una ética, de un pensamiento, de una actitud hacia la escritura y el mundo. La enseñanza primordial que aquel joven aprendiz de narrador extraería de las memorias de su héroe literario no sería, como muchos estarán apostando, la adopción del pensamiento liberal (a cuyos principios me adherí cuando estudiaba en la Católica), tampoco su noción de arte narrativa, sino el sentido de la vocación, la necesidad de comprometerse con un oficio para nada vano o insustancial, de considerar la literatura fuego y la escritura un riesgo personal, una elección valiente y significativa. Reconocer que somos los inconformes y los aguafiestas (como diría Huizinga) quienes emprendemos esa tarea descomunal de crear “realidades ficticias” es apenas el paso inicial hacia la adopción de ese ambicioso compromiso que implica expandir el terreno de la imaginación a cuantas dimensiones ocupe la actividad humana, ese deseo de alcanzar el relato total, la visión integradora de una sociedad, de un microcosmos que refiera al macrocosmos, de individuos que remitan a la Humanidad.

El pez en el agua es polémico. Como todo libro de memorias, no pretende contarnos la evolución sentimental o psicológica de su protagonista, sino su relación con su contexto, su interacción con el entorno para explicar al hombre y su época. En concreto, los episodios referidos a la participación política de Vargas Llosa siempre han sido criticados sobre la base de criterios extraliterarios, en especial, con parámetros morales e ideológicos. Los primeros se derrumban por su propio peso, los segundos se encuentran arraigados entre nuestros intelectuales por deformación profesional. La escritura autobiográfica es siempre justificatoria, pretende fundamentar las razones de nuestros actos en consonancia con nuestras ideas porque dentro de su esquema actancial, el autor siempre será el héroe de su propia guerra personal. Escribir memorias es protagonizar esas batallas contra el olvido y aguardamos salir airosos si las próximas generaciones reconocen nuestra versión de la Historia donde existirán aliados y villanos. No podemos todavía adelantar un juicio certero, pero pareciera que años después de su primera publicación, el tiempo está haciéndole justicia al desolador análisis vargasllosiano de la realidad peruana: el nacionalismo, la inoperancia del Partido Aprista, el mercantilismo, la izquierda radical, e incluso Fujimori, vuelven a cumplir los roles que desde El pez en el agua merecen y merecerán ocupar en una futura Historia peruana, es decir, como rufianes y bellacos que conspiran contra el progreso y el desarrollo de sus propios conciudadanos. Mientras observo desde mi laptop, cómodo pero espantado, los sucesos del Cuzco, me pregunto qué hubiera ocurrido si Vargas Llosa ganaba esa elección y agradezco, en parte, que ese primer aprofujimorismo lograra derrotarlo. Primero, porque le permitió componer ese magnífico autorretrato que guiaría mis pretensiones literarias y segundo, porque hubiera sido demasiado presidente para tan insensata nación.

Es curioso como luego de las elecciones de los años 90 sobrevino la “caída” de la “clase política”, es decir que muchos de los partidos y movimientos políticos (existe una gran diferencia), corresponde también con el inicio de un periodo negro del fútbol (esto tiene un punto, lo prometo), curiosamente quienes analizan la causa de que el fútbol peruano se transformara en el julbo peruano, luego de haber tenido generaciones de talentosos jugadores, se debe a que no aparecieron nuevos talentos que suplantaran a los Cubillas, Sotiles y cia. Algunos periodistas y comentaristas comentan que se debe a la no existencia de divisiones menores de nivel y a los dirigentes que no se dieron o no quisieron darse cuenta (y aquí viene mi punto), creo que es exactamente lo que ocurre al Perú en todo nivel. Es el año 2008 y seguimos viendo en la política peruana a la fauna variopinta de siempre. Cada ciclo electoral los vemos reciclados, reutilizados y renovados, pero en el fondo siguen siendo los mismos. Es curioso pero creo que gran parte de que esto ocurra podría atribuirse a que los partidos políticos en esa época no tenían “divisiones menores” de nivel. La renovación en cualquier campo es necesaria por dos cosas: 1) Permite la supervivencia y 2) Conlleva indefectiblemente a la evolución. En tu post dice:
“El nacionalismo, la inoperancia del Partido Aprista, el mercantilismo, la izquierda radical, e incluso Fujimori, vuelven a cumplir los roles que desde El pez en el agua merecen y merecerán ocupar en una futura Historia peruana, es decir, como rufianes y bellacos que conspiran contra el progreso y el desarrollo de sus propios conciudadanos”
Estoy totalmente de acuerdo, pero examina también que se debe a que son los mismos personajes, o en el peor caso, nuevos que cumplen los mismos roles que los anteriores, es decir que no evolucionaron, ni siquiera en el discurso, si revisas lo anuncios de campaña de Fujimori del 95 y del 2000 el mensaje era el mismo (decía que en esos años, tanto 95 y 2000, si existían las bases para el desarrollo). Ahora nada bien le hace a la idea de la renovación cuando Alan García excuso su nefasto primer gobierno con el argumento que era joven, pero ¿Cuál será la excusa si fracasa? ¿Que estaba muy viejo? Ciertamente el análisis de Vargas Llosa, debió entenderse como un llamado de atención, al cual no se le hizo el debido caso.
Sin embargo, lamento discrepar con la ultima frase, en realidad es gracioso, porque estoy de acuerdo que esta es una nación insensata, que olvida y que cree lo primero que se les dice (me incluyo). Sin embargo, decir que “hubiera sido demasiado presidente” suena un poco extraño, quizás a una excusa (ojo que es mi interpretación), ya que un líder debe saber gobernar a un grupo, comunidad, o nación por mas hostil que esta sea. Comparto la idea que hubiera sido un gran presidente pero lamentablemente nunca lo sabremos gracias a este extraño, insensato, ingrato, desmemoriado y dividido país.
Cuídate mucho y espero que hablemos pronto
Saludos.
Alfredo