Según muchos cinéfilos entendidos (mi alejamiento del cine es pecaminoso), la Academia suele acertar pocas veces con sus juicios al momento de galardonar determinados filmes. Sin embargo, el óscar sigue siendo el premio consagratorio por excelencia para la cinematrografía, otorgado durante una ceremonia de gala cuya audiencia solo puede ser superada por los mundiales de fútbol. Quedan advertidos, entonces, que respecto al cine en sentido amplio carezco de autoridad por mi ausentismo generalizado. No obstante, siento mayor autonomía crítica y creo detentar un mínimo de recursos cuando se trata de emitir una opinión respecto a filmes o series de animación y con soltura de huesos les confesaré que mi película favorita tiene exiguas posibilidades de llevarse la estatuilla, pero en caso lo consiguiera, la Academia confirmaría un giro conceptual gestado en Japón desde los años setenta y ochenta, que en Estados Unidos ha venido a manifestarse en la comedia mordaz (Los Simpson, Southpark, Family guy) y en Europa con largometrajes como la francesa-iraní Persépolis: que los dibujos animados han dejado de considerarse asuntos de niños o relatos APT (apto para todos), y por el contrario, manipulados por directores y guionistas sagaces como Marjane Satrapi, pueden convertirse en plataforma de expresión de inquietudes políticas, estéticas, emotivas, tan complejas que pocos niños llegarían a comprenderlas sin orientación paterna. Si Persépolis derrotara a Ratatouille y Locos por el surf este año, sería un justo reconocimiento para la animación de público adulto, cuyos adeptos consideramos el diseño de personajes y ambientación aspectos tan complicados y trascendentales como la dirección actoral. La implementación de nuevas técnicas ha favorecido las capacidades expresivas del género convirtiéndolo, quizás, en un medio más plástico que el cine live action. La animación permite todo, incluso cuando se permanece en el clásico territorio 2D (no somos pocos quienes ya nos hartamos de los monigotes tridimensionales).
Pero guardo un recuerdo especial de Persépolis porque la he visto en Ginebra, en su lengua original, el francés, y leí de tirón el primer tomo del magnífico cómic de la Satrapi, disponible en la biblioteca de la ciudad. Pueden leerse mis primeras impresiones sobre el filme en el post “Anote, secretario (Una semana política)”, pero resumiré el argumento de manera sucinta para esta entrada. Marjane, una niña iraní, vive su infancia durante los últimos años del gobierno del Shah y los primeros de la revolución islámica que convertirá su país en una teocracia represora, donde toda manifestación de decadencia occidental debe practicarse en secreto, a ocultas de un Estado moralizador, machista y violento, que atravesará la escasez de alimentos, guerras, matanzas, ajusticiamientos políticos. Marjane es enviada a un colegio en Europa durante su adolescencia porque su carácter lenguaraz y honesto le impide convivir en un entorno de hipocresía religiosa y desigualdad social. Sin embargo, en Austria, Marjane descubrirá la superficialidad de la izquierda del Primer Mundo, despilfarradores de discursos revolucionarios y teorías de dominación, pero incapaces de aplicar su conocimiento para el bienestar general. Ese socialismo de manual progre fácil de memorizar durante una pitada de marihuana puede parecer atractivo mientras explica de manera esquemática (al estilo de Greimas cuando hablaba de los cuentos tradicionales) quiénes son los héroes y quienes los villanos, pero luego se muestra vacío de recursos y apenas apunta a comprender al Tercer Mundo en sus verdaderas ambiciones de progreso. Marjane decide regresar luego de pasar penurias en Europa y reemprender sus estudios universitarios en Teherán donde deberá enfrentarse a las nuevas disposiciones sobre la vestimenta. Se casa, se divorcia y vuelve a marcharse, esta ocasión a Francia donde decide emprender una nueva vida quitándose el velo y encendiendo un cigarrillo como símbolo de liberación.
Persépolis fue realizada casi íntegramente en blanco y negro, por motivos que creo comprender. Primero, porque como sucede con otros productos que saltan de la historieta a la animación, se intenta preservar el efecto cómic, la asociación con el medio de origen (los fanáticos del animé deben recordar el experimento de Hideaki Anno con Kare Kano). Segundo, porque el monócromo exige del espectador concentrarse en el relato sin detenerse a maravillarse con los detalles visuales. En tercer lugar, porque le otorga esa sensación de pasatismo donde se encuentran anclados los iraníes desde la Revolución de los ayatollahs. Finalmente, porque cuando las niñas de escuela primaria se pongan por primera vez el velo por obligación la pantalla se cubrirá de una marea negra como chapapote de petróleo donde los rostros blancos del susto se volverán indiferenciables, habrán perdido su identidad.




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