El 12 de diciembre pasado, la Asamblea Nacional suiza provocó un choque político que podría calificarse como golpe de Estado democrático, aunque esto parezca contradictorio. Los cambios bruscos en la administración suiza son poco frecuentes y cuando ocurren, adquieren ciertos matices de espectacularidad, agitan un poco el calmado gallinero de las sesiones parlamentarias. La Confederación Helvética carece de una figura presidencial como la concebimos en Latinoamérica. El Poder Ejecutivo recae sobre siete sabios o consejeros federales que se reparten las carteras del gobierno (Transportes, Comunicaciones y Energía; Asuntos Internos; Relaciones Exteriores; Defensa; Finanzas; Asuntos Económicos; y Justicia y Policía). No existe el veto o impeachment durante su mandato y solo pueden ser desbancados cuando se proceda a una nueva elección y el parlamento cambia sus componentes, sin embargo, raras veces un consejero es retirado mediante estas vías. Por el contrario, pueden reelegirse indefinidamente y retirarse por voluntad propia (en promedio luego de tres legislaturas) o cuando su edad avanzada le impida seguir sesionando. No obstante, para el 2007, la incertidumbre se ceñía sobre el polémico líder de ultraderecha Cristoph Blocher, figura representativa de la Unión de Centro Democrático (UDC) o Partido Popular, un movimiento de bases agrícolas que en 1999 se había convertido en el partido más votado de Suiza y durante las recientes elecciones había alcanzado su pico de votantes aún cuando los comicios se vieron enturbiados por la desatinada publicidad de UDC. Racismo y conservadurismo religioso, desprecio por los inmigrantes africanos y musulmanes (presumo que el discurso debe extenderse también a latinos y orientales) caracterizaron los gestos envalentonados de Blocher y compañía, quienes, convencidos de su victoria en las urnas sobre liberales y socialistas, aguardaban su reelección como ministro de Justicia.
Esa mañana, como suele suceder durante días históricos, los canales de televisión siguieron desde Berna la sesión de la Asamblea Federal que debía confirmar a los siete consejeros anteriores (entre ellos, la romande socialista Micheline Calmy-Rey). Para vacar al consejero actual, cualquier ciudadano puede ser postulado como sustituto por miembros del parlamento. Entonces, se procede a una elección donde el candidato contendor debe superar al consejero alcanzando la mayoría absoluta. Si ninguno la obtiene, deberán realizarse cuantas votaciones sean necesarias hasta proclamar un ganador. Durante las vísperas de la elección, los socialistas apoyados por el Partido Demócrata Cristiano y los Verdes, contactaron a Eveline Widmer-Schlumpf, partidaria de UDC en el cantón de los grisones para proponerla como reemplazo del indeseable Blocher. De esta manera, evitaban romper con la fórmula mágica que adjudicaba dos asientos al partido agrario y mantiene en equilibrio la política suiza. La candidatura de Luc Recordon, líder ecologista, fue retirada y bajo la sombra, la alianza de centro izquierda más algunos liberales acordaron votar por Widmer.
Todos los consejeros fueron reelegidos de manera indiscutible mientras el escaño de Blocher seguía en entredicho porque la primera votación terminó en un virtual empate. Los parlamentarios de UDC interpusieron una moción de orden intentando suspender la votación pero fue rechazada. La intención de la ultraderecha era negociar sea con Widmer o con sus opositores la permanencia de Blocher. La segunda vuelta confirmó el desbancamiento y la Asamblea otorgó un plazo a Widmer hasta las 8 am del día siguiente para declarar que aceptaba oficialmente el cargo. Para alegría de migrantes y librepensadores, la dirigente de UDC se convertiría en la sétima consejera federal asumiendo de manera valiente la responsabilidad que la nación ponía en sus manos. De inmediato, su partido le retiró el apoyo tanto a ella como a Samuel Schmidt, su otro representante en el Consejo. UDC pasaba a convertirse en partido de oposición, capaz de desconocer cualquier acuerdo del Ejecutivo al carecer de consejeros efectivos (el Consejo se maneja por colegiatura, los acuerdos alcanzados por unanimidad son respetados por todos los partidos que lo integran).
El derrumbe de Blocher puede ayudar a limpiar a la política suiza de la amenaza de la xenofobia y el racismo cuando estos vicios parecían cernirse sobre un país fundado en la tolerancia y la multiculturalidad (pocos países civilizados han instituido el respeto lingüístico como elemento de su identidad nacional) y cuando ideas semejantes vienen difundiéndose por Europa y validadas por amplios sectores de la población que achacan el origen de sus males a la inmigración. Francia y Alemania tienen sus respectivos Blochers llamados Le Pen y Udo Voigt. (En Perú, desde la esquina contraria encarnada por la ultraizquierda, nuestros nacionalistas locales se agrupan en torno al clan Humala, lo cual me lleva a pensar que los términos ultraderecha y ultraizquierda son denominaciones huecas que encubren aquello que debería llamarse populismo nacionalista o, como dijo alguien, “los marxistas se niegan a admitir que los nazis también decían ser socialistas”. Hace tiempo, vengo pensando si llamar a Chávez fascista de izquierda es un oxímoron o se ajusta a la realidad).
Pero el pésimo ejemplo se difunde por países como España, donde, luego de abrigar una concentración fundamentalista católica que pretendía presionar al Estado para limitar las libertades individuales para instaurar una nueva teocracia (me imagino que los cardenales del Opus o Sodálites ambicionan desde sus años de párrocos un gobierno al estilo iraní donde el presidente deba arrodillarse ante el arzobispo/ayatollah de turno y donde pueda legislarse el pecado), en esa España donde un Rey defendió la democracia oponiéndose a una intentona golpista con admirable sumisión al Estado de derecho, esa España lamentablemente presidida por un ciclotímico prohibicionista como Zapatero (prohíbe el cigarro, prohíbe el alcohol, prohíbe la marihuana…), tiene que tolerar, porque así debe suceder en cualquier democracia respetuosa de la libertad de expresión y pensamiento, la existencia de un partido nefasto, de la misma calaña que UDC, los NDP alemanes, el Frente Nacional francés o el Partido Nacionalista peruano, llamado Democracia Nacional (DN), que hoy, mientras se juega el derbi Madrid-Atlético, estará protagonizando una manifestación contra la inmigración como fuente de delincuencia en la comunidad madrileña. Caso curioso: este partido de xenófobos declarados pretende instaurar su propia versión de una injusta medida socialista implementada en varios países y caballito de batalla de muchas feministas: la discriminación positiva.
Del mismo modo que para Antauro Humala el Perú se ha chilenizado, para DN España está plagada de extranjeros que pelean de manera injusta el mercado laboral desplazando a los españoles y asentándose mediante el empleo y mellando la cultura y tradiciones hispánicas. La discriminación positiva de DN consistiría en obligar a los empleadores a promover a trabajadores locales y contratar con prioridad a españoles antes que extranjeros. Sin embargo, Democracia Nacional parece ignorar los principios básicos del mercado que se extienden al mercado laboral: el empleador siempre optará por quien mejor le convenga, sea nacional, magrebí, ecuatoriano, nigeriano, o como dice la canción de Manú Chao, “boliviano, peruano, mano negra, ilegal”. Pueden organizar infinitas marchas y manifestaciones intimidatorias pero, por fortuna, su propuesta más “innovadora” entre tanto disparate no prosperaría por motivos de índole económica. Y subrayo que hubieran incurrido en cierta creatividad porque los muchachos justicieros de Democracia Nacional son plagiarios, copiones irredentos, imbéciles hasta el extremo de zurrarse en la globalización. (Son nacionalistas, es decir, siguen creyendo que habitan un paraíso incólume de Hispanidad que describió quizá Dámaso Alonso o Menéndez Pidal -peor aún, Franco- y amenazado en convertirse en un muladar latino, una barriada de peruanitos mugrientos o musulmanes incendiarios).
Pobres. Incapaces de inventar publicidad propia, DN ha copiado tal cual un banner de UDC que había mencionado en otro post y suscitó una polémica en Suiza dado su contenido racista velado por la frase “ser la oveja negra de la familia” (le mouton noir, para los ginebrinos opositores a Blocher se convirtió en denominación simbólica de la virtual víctima de las políticas aislacionistas del líder zurichense). En ambos afiches puede verse la misma configuración: ovejas blancas sobre una sección coloreada con los colores nacionales expulsando a coces a una oveja negra. Sin embargo, UDC (paradojas de la vida) resultaría prudente comparándolo con DN. El lema del banner suizo (“Para mayor seguridad”) parece incluso concesivo comparado al “Compórtate o lárgate”, exhortación grosera, lacerante, que pinta de cuerpo entero la inmoralidad de Manuel Canduela, líder de DN, émulo de Blocher en España (el plagio lo demuestra, el aprendiz de mandamás castellano quiere imitar a su mentor helvético hasta en sus desvaríos ovinos). ¿Estamos ante una nefasta moda pasajera o estos movimientos representan apenas la punta de un iceberg de resentimientos anidados por Europa hacia sus nuevos inquilinos?



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http://sinblancaporelmundo.wordpress.com/2008/03/16/el-catala-es-una-puta-merda/