
Entre los grandes vicios nacionales peruanos (dictaduras, impuntualidad, desidia, derroche, discriminación) destaca el antichilenismo, la tendencia a maquillar de intenciones siniestras y belicosas al vecino sureño, de condensar sobre su imagen los tópicos más oscuros de nuestros terrores traumáticos heredados a través de la enseñanza primaria y secundaria (todos hemos tenido, mínimo, un profesor encargado de inculcárnoslo), pero, sobre todo, una envidia visceral hacia cualquier éxito, lícito, legítimo, alcanzado por Chile desde una Guerra librada hace 120 años cuya estela macabra sigue entorpeciendo cualquier relación amistosa. Mi repulsión hacia los métodos de educación cívica empleados en mi colegio (hacernos marchar como cadetes alrededor del perímetro del Claretiano) debió blindarme contra semejante absurdo. Hace algunas semanas, cuando el departamento de Español de la Universidad de Ginebra celebró su aperitivo anual de alumnos y catedráticos, donde cada quien aporta una bebida o piqueo de ocasión, tuve la oportunidad de introducir el pisco a algunos amigos latinoamericanos y europeos. Una compañera chilena, de manera considerada, me comentaba la sorpresa de enterarse hacía unos años acerca de la “verdadera” nacionalidad del pisco. Yo sonreí con sorna y respondí como siempre cuando alguien me pregunta sobre este tema: se trata de bebidas diferentes, sin punto de comparación y desde esa perspectiva, el pisco chileno es chileno y el pisco peruano es peruano. Ocurrió lo mismo cuando hace unos meses comí merengues en casa de mis tíos Samuel y Nidia. “Suspiro a la limeña”, les corregí de manera un tanto ingenua. “¿Limeña por qué?”, me preguntaron.
La venta del emporio Wong al consorcio chileno Cencosud cayó como baldazo de agua fría sobre muchos peruanos que habían consolidado al gigante de los supermercados peruanos por encima de sus competidores Plaza Vea y Tottus. Wong formaba parte de ese grupo de empresas peruanas que sin apelar al nacionalismo tenaz sino a la excelencia empresarial habían logrado imponerse sobre las transnacionales del rubro. Ocurrió con Inkacola antes que Lindley fuera desembarcada por los Añaños (más pragmáticos y expansivos), con Bembo’s frente a McDonald’s y Burger. La familia Wong, leyenda del empresariado peruano, había comenzado con una bodega de barrio en Jesús María y llegó a modernizar el consumo alimentario sustituyendo al mercado tradicional por el hipermercado. Hasta entonces, todo intento de imponer el modelo supermarket en el Perú había resultado un fracaso: mis recuerdos infantiles de Monterrey o Tía solo traen a mi memoria escaparates vacíos y caóticos. La admiración que muchos peruanos profesaron por Wong, sin embargo, no provenía, como esperaba, de la adhesión a los valores del mercado, sino a detalles que formaban parte de una inteligente maniobra propagandística emprendida por sus gerentes pero que resultaban beneficiosos para todos: la imagen del buen trato al trabajador, el acoger a discapacitados entre sus filas, una inusitada amabilidad con el consumidor (¿alguna vez les cantaron feliz cumpleaños en caja?).
Dando un paseo entre blogs y diarios que recogen la noticia sentí un estupor maligno al leer los comentarios. De pronto, Wong se había convertido en un villano vendepatria. Los consumidores traicionados extendían juramentos de no comprar jamás en Metro (promesas al aire porque siguen consumiendo en Ripley, Saga o Sodimac), los antichilenistas maldecían la angurria y avaricia de quienes habían optado ejerciendo su libre voluntad por expandirse en otros negocios y abandonar el terreno del abastecimiento del hogar. Algunos pretenden convertir esa atinada venta en señal de una amenazadora intrusión chilena sobre la economía peruana, otros envían rabiosos correos electrónicos advirtiendo contra una lenta invasión del capital sureño, capaz de financiar una campaña bélica. Finalmente, la mayoría se sienten traicionados: habían edificado alrededor de Wong una idílica peruanidad ajena a cualquier chilenismo, una especie de pureza colectiva hecha negocio donde el alma nacional podía sentirse segura de no envilecerse. Esta postura es ridícula y contradice cualquier lógica: los empresarios privados se valen a sí mismos y a su bienestar particular, no al prurito nacionalista de ciertos clientes. Mediante ese interés particular, se genera riqueza y trabajo, como pudimos comprobarlo cuando consumíamos en cualquier sucursal de Wong. Sigo sin comprender los motivos para condenar con tamaña agudeza a quienes se arriesgan incluso vendiendo a la gallina de los huevos de oro. Me pregunto si sería más provechoso enseñarle a los jóvenes y niños la trayectoria de personajes como Erasmo Wong o los Añaños en lugar de tenerlos marchando como autómatas alrededor de una muralla.
Al enterarme del monto pagado por el 100% de las acciones supuse que debía aplaudir esa decisión coherente, en vista del próximo proyecto de los Wong: aprovechar la firma del Tratado de Libre Comercio para emprender la exportación de productos agroindustriales. Cuando regrese a Lima, créanme, seguiré haciendo mis compras en Metro.

hola la opinion de ese sentimiento antichileno , que se vio mas destacado con la venta de wong.. me parece si un tanto absurdo pero a la vista de que hay tantos pero tantos.. empresas chilenas en el pais que me parece como una invasion lenta pero efectiva.. ahora ultimo me enterado por la prensa que empresas chilenas estan tras los recursos energeticos de nuestro pais . y verdaderamente eso si me preocupa mas alla que sean lideres en consumo de hogar.
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