Leo la página web de la agencia de noticias Reuter con cierto orgullo de agorero, como si hubiera predicho una revolución inminente: Amazon.com, el gigante de ventas por internet que nació como librería virtual y se expandió hacia otros terrenos como la distribución de música, anunció el lanzamiento del aparato más revolucionario para la industria librera desde la invención del papel: el Amazon Kindle funcionaría como un ipod para lectura de libros, periódicos, e incluso blogs porque añade a las características de otros dispositivos de lectura la posibilidad de conectarse a internet. Por ahora, este juguete electrónico estará disponible al público por $399 dólares, pero imagino que pronto (como muchos aparatos similares) la producción masiva permitirá el acceso al gran público. Sucedió con la televisión, los videojuegos, los celulares, la computadora, el Ipod, las cámaras digitales, internet. Sucedió hace siglo y medio con el mismo libro tras un proceso iniciado con la invención de la imprenta. El avance es irreversible. Como acota Jeff Bezos, presidente ejecutivo de Amazon.com, el desarrollo de Kindle representaba un reto histórico: superar al libro –en realidad, el “códice” o cuadernillo empastado-, una institución, una herencia para la tecnología humana desde la Edad Media.
¿Podemos imaginarnos un mundo sin códices? ¿Sin enormes y espaciosas bibliotecas que podrían verse reducidas a catálogos electrónicos accesibles desde cualquier parte del mundo pagando un precio mínimo? (Amazon.com habla de $10 por descarga de un libro y desde $1.25 para suscripciones a revistas, 0.99 para blogs, etc.) ¿Imaginan el aporte ecológico de este avance, la cantidad de árboles que dejarían de talarse para obtener papel?, ¿las incomodidades burocráticas que se ahorrarían manejando documentos electrónicos? Paralela a este período de tránsito en los modos de producción y distribución literarios me complacerá observar, con un poco de malicia, la lenta demolición de la industria editorial que había prevalecido intocable desde el siglo XIX: el sistema de editores, imprentas y librerías que podrían verse sustituidas por las páginas web o que deberán relegarse a suntuosidades para anticuarios o sibaritas. Hace un tiempo, en otro blog, me aventuré a profetizar, basándome en el boom de las descargas en líneas, el fansub (o subtitulado de películas hechos por fans) y la distribución gratuita de material cultural por internet, que algunas formas de concebir el consumo de arte se verían afectadas para beneficio de los propios artistas. Hoy siento una malévola satisfacción.
Trasladémonos, haciendo un ejercicio de futurología, al modo de consumir literatura dentro de los próximos veinte años (siendo bastante pesimistas): los autores pueden independizarse de los editores y las librerías publicando sus libros por medio de descarga directa desde sus propias páginas web, donde pueden recibir comentarios de sus lectores como hacen muchos ahora desde sus blogs, con la ventaja de que el libro descargado pueda continuar leyéndose en el Kindle u otro dispositivo sin conectarse a internet. Las bibliotecas pueden convertirse en cómodas colecciones de DVDs. Imagínense comprar por correspondencia todo Calderón o Shakespeare completo en edición anotada DVD para leerla en la comodidad de la sala con un aparato que no emplea una pantalla brillante tipo laptop sino una tecnología que afecta menos a los ojos. Ganancias directas para los escritores sin necesidad de negociar con esa lacra de bribones llamados editores y libreros. Estos seguirán existiendo, pero bajo la condición de adaptarse a las nuevas exigencias en un mercado que demandará precios accesibles y ventajas frente a la industria independiente, pues tipear y diagramar un texto en Word es sencillísimo y apenas un escritor aprenda a vender textos en formato PDF el resto abrirá sus páginas web para montarse en la cresta de una ola cuyo preludio eran Napster y eMule.
Delicia también para los académicos que no se verán forzados a viajar alrededor del mundo para encontrar un elusivo texto en una revista extranjera. Alivio para los lectores de cualquier parte del globo (cualquiera sea su lengua) porque los escritores deberán admitir (tumbándose, de paso, los acuerdos de Berna sobre derechos de autor) que las traducciones de aficionados aparecerán al instante de la publicación como ocurre hoy con películas y series de televisión. El arribo de nueva tecnología implica también la primavera de un concepto distinto: el copy left, donde los escritores son menos dueños de sus textos y habrá que comprender con humildad las consecuencias irreversibles del fenómeno en lugar de ponerle trabas.
Un caso particular que podría citarse se constata dentro de una comunidad de fans que fluctúa entre lo comercial y lo underground: los fanáticos del anime (tanto fuera como dentro de Japón) han convertido el copyleft en elemento central de una interesante dinámica respecto de las manifestaciones artísticas que consumen. Algunos practican el fansub gratuito como reto a su capacidad de traductores y como solidaridad con sus congéneres, otros se arriesgan y deciden romper con las restricciones impuestas por el autor y, evidenciando la disconformidad usual de todo lector, reescriben los mangas (o comics) de otros autores creando historias paralelas, finales alternos o capítulos extras. Supongo que apenas se imponga el libro electrónico muchos intentarán transgredir el terreno antes reservado al autor como propietario exclusivo de personajes y situaciones (admito haberlo hecho contra Monterroso en un cuento de Parque de Las Leyendas llamado “El dinosaurio” y nadie se queja del maravilloso cuento borgiano “El fin”, es más, hace unos años circuló un Harry Potter apócrifo).
¿Qué podría desaparecer mediante esta nueva tecnología? Podríamos conocer el retorno de géneros que creíamos desaparecidos: el folletín y la novela por entregas. El público podría intervenir en la creación paulatina de un texto (aunque la decisión final siempre la tendría el autor), engendrándose una especie de reality literario. Podrían extinguirse los poemarios y los libros de cuentos como conjuntos porque el autor podría optar por distribuirlos por separado según vaya escribiéndolos. Podrían expandirse las técnicas narrativas, el empleo de multimedios y la hibridación textual. ¿Qué sobrevivirá tras el cataclismo? Volviendo a Borges, cabe recordar una cita del maestro donde declaraba que todos los artefactos creados por el hombre eran una extensión de su cuerpo: el teléfono extendía la voz; el arado, los brazos; el telescopio, la vista; pero el libro no: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación. Esto permanecerá inalterable como ha venido siéndolo desde la época del papiro.
Sin embargo, me adhiero a la sentencia de Jeff Bezos, ateniéndome con simpatía a este nuevo estadío de la democratización de la cultura: “El libro (como códice) tiene que desaparecer”.
En fotografía: Jeff Bezos y la profecía para la próxima década.

