Desde mi llegada a Ginebra, la única noticia sobre el Perú publicada en un diario local que pude localizar se refería al estrellado meteorito de Puno que figuraba entre las notas curiosas de Le matin bleu y 20 minutes, ambos matutinos gratuitos que se distribuyen en tranvías y paraderos para leerse, literalmente, durante el viaje. Hace pocos días, conversando con un antiguo compañero de aulas en la PUCP que ahora sigue un Master en Filología en Barcelona, llegamos a preguntarnos si viviendo en Europa no sentíamos que estábamos inmersos en el centro y alcanzábamos a divisar al resto como periferia. Yo maticé su afirmación confesándole que por el momento me consideraba un híbrido, que era un fragmento de periferia inserto en el centro compartiendo de manera conflictiva sus antagónicas posiciones.
Para quienes no comprendan esta oposición, explicaré que tanto centro como periferia son nociones teóricas aplicadas desde las ciencias sociales (y sus bastardos, los cultural studies) para definir lugares de enunciación del discurso de acuerdo a su cercanía (centro) o lejanía (periferia) con el poder. Para la teoría postcolonial, el Tercer Mundo ocupa un lugar periférico respecto a los centros de poder del Norte (Europa y Estados Unidos). De allí derivaría la discusión acerca de las funciones colonizadoras inherentes a diversos productos culturales (literatura, cine, televisión, etc.) que transmitirían una serie de valores destinados a prolongar la dominación colonial. El texto más estúpido, más alabado y más representativo de esta corriente de ¿pensamiento? contemporáneo sería Cómo leer al Pato Donald: Ideología imperialista en los cómics de Disney, del chileno-argentino Ariel Dorfman, tremendo monumento al subdesarrollo mental y para quienes hemos leído algunas páginas, oda al delirio del persecución.
Hecha la exposición, habrán notado que mis nociones sobre centro y periferia no coinciden con aquellas que la crítica cultural ha venido propiciando en las últimas décadas. Quizá porque dentro de mi propio país estaba situado en una posición central respecto a una abrumadora periferia (limeño, intelectual letrado, clase media, estudiante de la PUCP), he tendido a mirar hacia fuera, hacia el centro del cual yo era periferia, como objeto de deseo y ambición. Cuando hube alcanzado el primer peldaño (estudiar en una universidad del primer mundo), necesité reexaminar mi situación respecto a estas nociones, reubicarme como individuo. La solución momentánea transita por la hibridez, la mezcla, el limbo: cohabitar dos espacios en apariencia irreconciliables. Ansío el centro porque me atrae y me siento identificado con sus valores (el éxito, la prudencia, las artes, la eficiencia, el orden), pero al no haber nacido en este entorno, tengo una vista privilegiada como observador: puedo asumir una actitud crítica tanto hacia mi propio país como hacia aquel que me acoge.
Cuenta Vargas Llosa en un artículo recogido en El lenguaje de la pasión (que recomiendo en lugar de perder su tiempo leyendo a Dorfman) que presentando a un amigo chileno ante una antigua residente del Barrio Latino de París, la anciana se mostró sorprendida y preguntó “Chilien?, et c’est grave ça?” (¿Chileno? ¿Y eso es grave?). ¿Es la condición latinoamericana una suerte de enfermedad, una grave marca de nacimiento? La curiosa asociación entre gentilicio y aquello que la ingenua señora consideraba una maladie llama aún mi atención, cuando tengo que negociar los hilos que tejen mi individualidad entre una occidentalidad asolapada (la limeña) y una occidentalidad vacilante (la migración, o diríamos, la condición de extranjería). Jamás me consideraré un sudaca, esa posición beligerante de ciertos sudamericanos respecto a las metrópolis culturales y económicas que los reciben como estudiantes o trabajadores. Prefiero asimilarme a diferenciarme, consumir a descartar, aprehender a aislarme. La consecuencia directa de esta elección me haría comprensible la dificultad que tengo para llamarme “migrante” y la satisfacción de sentirme “extranjero”. Inconscientemente relaciono al migrante con los árabes, yugoslavos, africanos y algunos latinos que llegados a Suiza no intentan asimilar una pizca del ambiente, como si hubieran viajado contra su voluntad. Un extranjero podría ser cualquiera que llega a cierto país sin calificación alguna, un individuo definido por cuestiones geográficas, pero no mentales. Soy extranjero, entonces, será grave, pero cuando caiga otro meteorito mi bichito periférico esbozará una irónica sonrisa.

