Diario de Ginebra

Un salto de agua, una silla rota, las Naciones Unidas, la Cruz Roja, la tumba de Borges. Entre los 444,444 habitantes de la ciudad más internacional, limpia y puntual del mundo, habita un recién llegado, hambriento y presuroso de alcanzar el tranvía para tropezarse en plena rue de Laussane, cargado de esperanzas, impermeables y una hosca laptop. Este es un testimonio periódico de su estancia a orillas del lago Leman mientras delira entre quesos, relojes, chocolates, restaurantes kebab y pickpockets de la gare de Cornavin. La cotidianeidad de Ginebra, sus lerdos y felices lugareños, el déficit de alojamiento y la ausencia del pan francés: el autor les regala con desinterés la llave del diario.

Héroes Octubre 14, 2007

Archivado en: Comentarios — gallardocarlos @ 7:52 pm
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Cinco francos

Me encanta la literatura medieval, incluso cuando esta ha permanecido escondida del amplio público durante siglos, restringida al soporífero entorno intelectual o enterrada entre papers entomológicos redactados por críticos con vocación de anticuarios. Sin embargo, la literatura medieval ha adquirido desde hace buen tiempo una inusitada actualidad. En mi caso, se trata de un hambre de épica. Necesito sazonar mi aburrida rutina de civilizado hombre de letras con historias de heroísmo, destierro y feudalidad. Cabelleros que desmembran al enemigo tajándolo de un extremo hasta romperle la loriga y su sangre riegue el brazo del vencedor. Aquí pienso en el Cid, Guillaume d’Orange o Huon de Burdeos. Sin embargo, la edad media también recogió y reelaboró historias menos sangrientas (el espíritu de Cruzada puede parecer omnipresente pero no debería obnubilarnos): una prostituta que viaja a Tierra Santa para alcanzar la santidad, un asilado político que enamora muchachas gracias a sus habilidades musicales y un arquero que debe flechar una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo. Su ejemplaridad no proviene de su devoción ni su valentía ni su sacrificio, sino de poder representar una instancia de humanidad a pesar de la gloria. Aunque sobrenaturales o milagrosas, sus vidas (ficticias o histórico-ficticias) son espejo de nuestra condición, sus grandezas y el ineludible enfrentamiento con la desgracia. En Ginebra, mientras estudiaba o paseaba, pude reencontrarme con algunos.

El mito de Guillermo Tell se origina en el cantón de Uri, durante las luchas independentistas de los primeros tres cantones que formaron la Antigua Confederación Suiza (Uri, Schweyz y Unterwalden), antecedente directo de la Suiza moderna. Al parecer, Tell era un ballestero poco interesado en participar en la política local, que pasaba por el centro de Altdorf, donde se había colocado un sombrero que representaba la autoridad de Gessler, el gobernador de la región impuesto por la casa Habsburgo. Los suizos debían hacer una reverencia delante del sombrero en señal de respeto por los soberanos austriacos, sin embargo, Tell se negó a rebajar su dignidad rindiendo pleitesía a un sujeto que la tradición retrata como abusivo y, si consideramos el asunto del sombrero, debería tratarse de un megalómano ensoberbecido por el poder asignado por los Austria, entonces emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. La historia de la manzana es conocida por todos, incluso a través de parodias. Tell cumple con el castigo pero también mata a Gessler como venganza por su tiranía. Algunos encuentran en este personaje de dudosa historicidad el germen de la rebelión que conducirá a la constitución del estado suizo. Guillermo Tell, sea mito o realidad, representa la noble aspiración hacia la autonomía. No debería llamarnos la atención que constituya una alegoría de la libertad y la autodeterminación frente al poder, ese espacio de autonomía del individuo frente a quienes intenten encadenarlo o rebajarlo. Eso queda patente en la moneda de cinco francos que lleva su efigie y en la maravillosa obertura de la ópera de Puccini (que algún ignorante asoció con el hipódromo).

La Historia de Apolonio de Tiro proviene de la Grecia postclásica y gozó de enorme popularidad durante el medioevo. Entiendo el motivo: el genial manejo de la tensión y los plots. La vida de este desdichado y habilidoso rey patentizó el tópico de la familia reencontrada, una forma de anagnórisis que gustó desde Bizancio hasta Inglaterra. Se realizan traducciones al latín, al francés antiguo, al inglés y en España se compone un Poema de Apolonio que intenta proponerse como versión alterna de la consabida novela. La historia es sencilla y compleja. Apolonio es perseguido por intentar salvar a una joven princesa de las garras de su incestuoso padre (gana la furia del rey al resolver un acertijo que develaba la gravedad de su pecado). En su huida, conoce a Anquistrates, otro rey, quien lo acoje en su corte al observar su destreza en un juego de pelota. Durante la cena, Luciana, la hija de Anquistrates es convocada para demostrar sus dotes musicales. Apolonio no cuestiona su oído, pero le aclara que debe mejorar y enseguida, canta, toca y actúa provocando la admiración de la muchacha. Pronto se casan y deciden viajar de regreso a Tiro, pero durante el viaje, Luciana da a luz, se la toma por muerta y es arrojada al mar en un ataúd que la lleva flotando hacia un monasterio. Apolonio sufre el ataque de unos piratas que raptan a Tarsiana, su hija, quien con el tiempo, se convierte en juglaresa para evitar la prostitución. Cuando regresa al reino de Anquistrates, este le presenta a Tarsiana para intentar alegrarlo. Entonces ocurre el primer reconocimiento que conllevará, tiempo después, al reencuentro familiar habiendo hallado a Luciana.

Finalmente, la extravagante, pero no por ello menos resaltable historia de Santa María Egipciaca. El poema que leí en español es una reelaboración (una traducción libérrima) de cierta historia hagiográfica francesa en verso, y cuenta la vida de una joven acostumbrada desde pequeña al placer terrenal. Al alcanzar su juventud, nadie la supera en belleza y decide abandonar su pequeño pueblo para vivir en la babilónica Alejandría, donde las prostitutas, quienes la acojen. Provoca peleas entre los jovenes burgueses de Egipto y cuando oye hablar de Tierra Santa, le entra la curiosidad dada la cantidad de peregrinos que se embarcan hacia Jerusalén. Para pagar el barco, se acuesta con los viajeros y cuando llega a Judea, recibe una revelación: algo le impide acercarse a una imagen de la Virgen María. Unas voces la obligan a cambiar de vida, conduciéndola al arrepentimiento y la vida de eremita. Años después, la hermosa joven que provocaba ardores de sensualidad entre los alejandrinos se ha convertido en una mujer envejecida, ajada y rugosa. María ha renunciado al cuerpo casi por completo y cuando muere, un monje cava su tumba ayudado por un león. Lo maravilloso de la historia de María Egipciaca no es tanto la moraleja católica acorde con la época, sino los elementos folklóricos que mezcla para crear un drama de radicales transformaciones. Sin importar nuestra posición respecto a las libertades sexuales, la Egipciaca es un ícono que supera toda barrera ideológica pues condensa la capacidad humana de salir en busca de la redención (o la inmortalidad) por encima del pasado. Héroes, los del medioevo.

 

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