Existen diversas maneras de trasladarse en Ginebra. El tranvía y las líneas de buses son las modalidades más comunes, su eficiencia y puntualidad permiten comunicar un núcleo urbano poco extenso y mantener interconectados los distintos barrios y comunas que conforman esta urbe (hiperpoblada si consideramos el área que cubre). Sin embargo, debemos recordar que Ginebra se asienta alrededor de la desembocadura del río Ródano en el lago Leman y algunos barrios se encuentran distanciados por la concentración de agua dulce más grande de Suiza. Por fortuna, en Ginebra (a diferencia de otras zonas) todavía podemos divisar la orilla opuesta y cruzarla en pequeños barcos-buses llamados mouettes, accesibles al cualquiera por el pago de un pasaje de tren o tranvía, pues equivale a cualquier línea de transporte público. Incluso podría subirse a una mouette haciendo conexión con un billete Todo-Ginebra de 2.20 francos usado 45 minutos antes en un tranvía. No obstante, yo cuento con un curioso privilegio.
Para ahorrar mis gastos en transporte, hace una semana compré un abonnement o abono mensual de 45 francos, válido para cualquier vía de transporte en Ginebra y alrededores (que significa poco espacio, aunque un gran ahorro, imagínense tener que comprar billetes de 2.20 diarios!) . Eso significa que puedo subirme en cuantos trenes, tranvías y mouettes desee durante el mes, en cualquier momento del día, haciendo cuantas conexiones necesite tan solo mostrando la dichosa tarjeta (fotografía pasaporte incluida). El domingo pasado hice uso de mis flamantes potestades náuticas para servirme del transporte lacustre de Ginebra y tomé un bus hasta Genève-plage (la “playa de Ginebra”, aunque se trate propiamente de un pequeño puerto para yates privados) donde se encuentra el paradero de la M3, la línea de mouettes que realiza el cruce más extenso sobre el Léman, desde Cologny hasta el barrio de Pâquis (donde estuve la primera semana, habituándome a la ribera contraria a donde vivo ahora, en un albergue juvenil).
Pocas personas esperaban la llegada del barco sentadas en unas escalinatas que terminaban al borde del lago. Unos metros cerca se encontraba la entrada al embarcadero, un estrecho muelle por donde pasar en fila hacia la mouette. Luego de cinco minutos arribó el esperado bote amarillo, techado, con capacidad para cerca de treinta o cuarenta personas, cada una provista de chalecos salvavidas en los compartimientos superiores. Ese domingo tenía planeado hacer dos viajes (ida y vuelta) tan solo por experimentar el tambaleo del barco sobre la quieta superficie del lago. Antes de partir, un empleado de la mouette se acercó a la proa (¿o popa?) y convocó a los cisnes del Léman llamándolos, aparentemente, por su nombre de pila: ¡Mimí!, ¡Isabelle!, ¡Suzy! (imaginen el efecto cómico en una lengua donde todas las palabras son agudas). Comenzó la repartija de galletas y trozos de pan. No tardaron en llegar los infiltrados, una especie de martín pescadores que ganaron las migajas por lanzarse al vuelo (ventaja compartiva, aunque no sepan nadar). Sobre Mimí, solo comentaré que se trataba de un cisne enorme de cuello largo y pico anaranjado. Nunca había visto animal tan garboso, flotando con naturalidad casi sin patalear, con una mezcla de rigidez y blandura. Habiéndolo alimentado, partimos a los baños de Pâquis dejándolo perderse entre patos y ansares reales.
Esa travesía de apenas diez minutos me sirvió para contemplar el paisaje desde una perspectiva inédita: la mitad del lago, la posibilidad de observar ambas orillas en simultáneo, sin darle la espalda a una de ellas ni negarle la mirada a los puentes alineados sobre el Ródano. Una experiencia notable que complementé, minutos después, cuando decidí confrontar mis miedos y acercarme al emblema de Ginebra: el Jet d’eau, un monumental salto de agua que dispara un chorro de 140 metros a una velocidad de 200 km/h y liberando 500 litros por segundo. Aunque al principio tuvo una finalidad práctica, los ginebrinos comprendieron su potencial como atracción turística a fines del XIX y lo trasladaron al barrio de Eaux-Vives, donde se tiende una larga y angosta pasarela que termina en una especie de glorieta. El reto consiste en atravesar esa delgada vereda sin barandales, pasar cerca del Jet d’eau (empapándose), tomar la bifurcación y alcanzar la dichosa glorieta. Era un domingo soleado, pero con viento. A medida que me aproximaba a la zona húmeda (donde sientes los primeros goteos), el viento arreciaba y se tornaba imposible mirar hacia arriba, hacia esa monstruosa fontana sin conmocionarse ni paralizarse del horror. Decidí continuar por el centro de la pasarela, la forma más segura de no caerse hacia las rocas que flanqueaban el paso. Sin embargo, desistí cuando la fuerza del viento, potenciado por el retumbar de la bomba de agua y la explosión del chorro mismo me impidieron continuar. Regresaré en verano, cuando pueda domar la brisa. Por mientras, quédense ustedes con las aguas mansas, porque las bravas están en Ginebra.
En fotografías: arriba, una mouette ginebrina. Su nombre deriva de la palabra francesa para “gaviota”. Abajo, el famoso Jet d’eau en vista aérea, incluyendo la mencionada pasarela.


