El discreto encanto de la ideología Mayo 10, 2008
Hablemos sin caretas, admitámoslo, soy un burgués con tendencias neoconservadoras que interrumpen mi consciente compromiso liberal, un híbrido temeroso de perder la estabilidad, un bicho raro para mis amigos socialistas. Entonces resulta coherente que una frase como “Seamos realistas, pidamos lo imposible” apenas suscite un enternecimiento poético o cierto entusiasmo mientras lo interprete fuera de su contexto original, olvidándome de quiénes la pronunciaron por primera vez en París, durante mayo de 1968. Cuarenta años después de la revuelta estudiantil más evocada del siglo XX, los medios de comunicación europeos, en particular los franceses, han abordado la efemérides con una amplitud colosal. Desde entrevistas a los otrora dirigentes universitarios que, entre Nanterre y Quartier Latin, propusieron arrancar los adoquines para encontrarse con la playa, hasta redescubierto material fílmico de aquellos turbulentos días de barricadas, represión policial, quemas de automóviles y huelgas generales. Pareciera que, asumida la decadencia que atraviesa la cultura francesa contemporánea, luego de siglos de notable hegemonía mundial, convencidos de la elegancia, profundidad y sutileza de su literatura, artes plásticas, cine, cocina, alta costura, incluso del refinamiento de sus costumbres, los intelectuales galos sintieran la urgencia de marquetear su último instante de gloria, su canto del cisne cultural, como medio de defensa ante la globalización y para paliar el escándalo de verse opacados por el predominio estadounidense. Porque desde mayo de 1968, Francia no transformó al mundo jamás, solo aniquiló su influencia sobre el intelecto de Occidente e impuso una engorrosa herencia apodada “nueva izquierda”, la Escuela del Resentimiento, ese pelotón maniqueo de multiculturalistas, ecologistas, anarquistas, feministas y demás sectas, promotores de aquel sebo de culebra llamado Estado de bienestar social, acaparadores lingüísticos de lo políticamente correcto, de palabras como solidaridad, libertad o derechos humanos. Cierto: mayo de 1968 confirmó que el modelo soviético estaba fracasando, pero procreó nuestra versión actual de izquierda, oenegeísta, gauche caviar, subalterna. Llámenme derechista, facho, esbirro, como gustéis, pero este aniversario, desde mi condición de hijo de migrantes clasemedieros, solo puede conducirnos a una reflexión: que cuatro décadas han ayudado a magnificar un asunto de mediana importancia, idealizándolo hasta el heroísmo. Leer mayo de 1968 entre líneas, desmontar el aparato retórico alrededor de sus supuestos aciertos y deconstruir el discreto encanto de su ideología es responsabilidad pendiente para nosotros, sus hijos, los posmodernos. (más…)










